El fusilamiento del Coronel Dorrego por el Edecan Militar del General Lavalle, Coronel Juan Estanislao Elías (1869).

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Introducción.

 La muerte de Dorrego tiene múltiples significaciones,  explicadas en primera instancia por quienes participaron en los hechos que desembocaron de este desenlace trágico. Están los  que repudiaron este acto como quienes lo justificaron, la discusión  de porque esta muerte era innecesaria como necesaria, nos narra  una visión y nos brinda una perspectiva del enfrentamiento para imponer la organización de un Estado en esas provincias. Los instigadores como el mismo Lavalle ha sido escrutado minuciosamente por el revisionismo histórico, hasta su muerte quedan registrados en el Cóndor Ciego del abogado José María Rosa. Sarmiento tuvo frases en el Facundo que demuestran como los que heredaron esta tarea tenían una mirada de odio y enfrentamiento hacia aquellos que ya no estaban.

La historiografía política de este periodo se está renovando, saliendo de ese callejón que había impuesto el “revisionismo” a la escuela “liberal”. Los documentos son examinados nuevamente con otras metodologías, acercándonos a partir del estado de la cuestión a los planteamientos de esas dos escuelas pero mostrando muchas veces su lejanía en cuanto a las interpretaciones y las sugerencias a nuevas hipótesis de trabajo.

Hoy en Aportes compartimos con ustedes la carta escrita por el Edecán  de Lavalle en 1828 y directo testigo del fusilamiento  del Coronel Dorrego gobernador de la Provincia de Buenos Aires, el Coronel Juan Estanislao Elías a su hermano Juan Elías en 1869. Si bien en esa distancia temporal Elías rehúye decirnos el porqué, el cómo no deja de ser menos importante, Elías escribio un texto sobre la campaña de Lavalle que es poco indagado por las distintas escuelas., esperamos que ustedes puedan trabajar en su totalidad como en fragmentos este documento con sus alumnos.

Por último, decir que hemos elegido tomar este documento de la publicación Documentos 1 para la historia integral argentina producida por el Centro Editor de América Latina. 

Carlos Van Hauvart, Colegio Nacional Dr.Arturo U.Illia, Fac. Humanidades, UNMdP.

 

La muerte de Dorrego Juan Estanislao Elías, edecán de Lavalle en 1828, narra a su hermano la tragedia de Dorrego y justifica su proceder. Señor don Angel Elías Tucumán, junio 12 de 1869

Mi estimado hermano: Aunque tú nada me has escrito, he sido instruido que en un periódico de Entre Ríos, que no sé cuál es ni cómo se titula, por odio a tu persona, se habla de mí, retrocediendo a la época remota del año 1828, refiriéndose a episodios suministrados por el coronel don Manuel Olazábal con motivo de la muerte del coronel Dorrego.

 Ante todo, te diré que el coronel Olazábal no ha podido su-ministrar ningún dato en el sentido que lo hecho, y cualquier cosa que se diga con referencia a él, es una calumnia o una invención vergonzosa. Empezaré por declararte en nombre del honor, y poniendo a Dios por testigo, que cuanto yo diga de esa época del año 28, en la que tú aún no figurabas al lado del general Lavalle y del que yo era edecán, secretario y amigo, todo está lleno de verdad, pues no tengo ningún interés en desfigurarla después de cuarenta años, y cuando me encuentro agobiado por la edad y postrado por una grave enfermedad.

 El 9 de diciembre de ese año, tuvo lugar la batalla de Navarro, en la que las fuerzas que mandaban Dorrego y Rosas fueron vencidas al primer empuje de los bravos coraceros que habían regresado de la campaña del Brasil. El día 13 bien de mañana, llegó el coronel Acha conduciendo en un carruaje bien escoltado al coronel Dorrego, desde el Salto, a donde se había dirigido para ponerse a la cabeza del regimiento de Húsares, que mandaba el coronel don Bernardino Escribano (léase Pacheco). Rosas, que iba con Dorrego, como más as-tuto y desconfiado, se quedó fuera del pueblo, y no viendo regresar a su confiado compa-ñero, huyó precipitadamente a la provincia de Santa Fe.

Sabedor Acha de la derrota de Navarro, y apercibido de las intenciones del desgraciado Dorrego, por su propia y exclusiva resolución y contando con la influencia que tenía en el regimiento, lo prendió con el propósito de entregarlo al general Lavalle.

 En el acto que llegó el coronel Dorrego, el general Lavalle me llamó y me dijo: “Vaya usted a recibirse de Dorrego que confío a su celo y vigilancia, y como la tropa que ha traído el comandante Acha debe retirarse, lleve usted una compañía de infantería para cuidar de él”.

Llevé en cumplimiento de esa orden, una compañía manda-da por el capitán Mansilla, y me situé en una casa de espacioso patio a las inmediaciones del cuartel general.

Muy luego el general Lavalle con el ejército, se fue a situar en la estancia de Almeida, más allá de Navarro.

 Luego que me recibí del coronel Dorrego y que hube tornado todas las medidas de seguridad convenientes, me aproximé al carro en que Dorrego se hallaba, y le dije: —Coronel, estoy encargado de custodiarlo y responder de su persona. ‘Entonces él con esa amabilidad que lo distinguía, me alargó la mano y me dijo: —Mucho me felicito de que usted haya sido elegido para desempeñar este cargo.

El coronel Dorrego me significó en seguida la necesidad que sentía de alimentarse. Poco después le fue servido un abundante almuerzo. Este caballero insistió porque yo subiera al carro para almorzar con él, a lo que no accedí con excusas honorables. Era la una de la tarde, cuando recibí un papelito del general Lavalle que contenía lo siguiente: —Elías, sé que Dorrego tiene bastantes onzas de oro, recójalas usted y dígale que no necesita de ellas, pues para todos sus gastos, usted le suministrará lo que necesite. Esto se lo dije al coronel Dorrego, teniendo yo la delicadeza de no hacer registrar el carruaje, pues me había asegurado no tener un solo peso, y porque debo decir la verdad, me lastimaba el abatimiento de un hombre a cuyas órdenes había hecho como ayudante, la campaña de Santa Fe y asistido a la desastrosa batalla de Pavón, en la que perdió el ejército por temeridad e impaciencia en no esperar las fuerzas de Buenos Aires que se hallaban inmediatas.

Como a la una y cuarto, recibí por un ayudante del general Lavalle la orden de trasladarme con el coronel Dorrego al cuartel general.

 En el acto estuve en marcha, pero Dorrego inquietado por esta maniobra, me llamó y me dijo: —Elías, ¿dónde me lleva usted?— Coronel, le contesté, al cuartel general situado en la estancia de Almeida. Entonces me preguntó si allí estaban el general don Martín Rodríguez y el coronel Lamadrid. Le contesté afirmativamente y manifestó satisfacción.

No habíamos andado media legua, cuando por el camino de Buenos Aires me alcanzó un comisario de policía acompaña-do de dos gendarmes en caballos agitados por la precipitación de la marcha. Traía pliegos urgentes que contenían la súplica del gobierno delegado para que el coronel Don-ego saliera fuera del país.

 Dorrego que todo observaba con inquietud, me preguntó: —¿Qué quiere ese hombre? Yo le dije la verdad. Entonces me dijo —Mi amigo, hace un sol y calor terrible, suba usted al carro y marchará con más comodidad. Le agradecí este ofrecimiento que repitió con insistencia.

Cerca de las dos de la tarde hice detener el carro frente a la sala que ocupaba el general Lavalle, y desmontándome del caballo fuí a decirle que acababa de llegar con el coronel Dorrego.

El general se paseaba agitado a grandes pasos  al parecer sumido en una profunda meditación, y apenas ovó el anuncio de la llegada de Dorrego, me dijo estas palabras que aún resuenan en mis oídos después de cuarenta años: Vaya usted e intímele que dentro de una hora será fusilado.

 El coronel Dorrego había abierto la puerta del carruaje- me esperaba con inquietud. Me aproximé a él conmovido y le intimé la orden funesta de que era portador. Al oirla, el infeliz se dio un fuerte golpe en la frente, exclamando: ¡Santo Dios!

 Amigo mío, me dijo entonces, proporcióneme papel y tintero y hágame llamar con urgencia al clérigo Castañer, mi deudo, al que quiero consultar en mis últimos momentos.

Efectivamente, poco después estuvo ese sacerdote al lado del coronel Dorrego que escribía. Castañer estaba impasible y veía a la víctima conmovido.

Yo estuve al pie del carro como una estatua y pude presenciar la entrega que le hizo Dorrego de un pañuelo que contenía onzas de oro. Como la hora funesta se aproximaba, el coronel Dorrego me llamó y me dio las cartas, una que todo el mundo conoce, para su esposa, y la otra de que yo solo conozco su contenido, para el gobernador de Santa Fe don Estanislao López.

 Ambas cartas se las presenté al general Lavalle, quien sin leer-las me las devolvió, ordenándome que entregase la dirigida a su señora y que a la otra no le diera dirección [ ..»]. Formado ya el cuadro y en el momento de marchar al patíbulo, Dorrego que estaba pálido y extremadamente abatido, me llamó y me dijo: —Amigo mío, hágame llamar al coronel Lamadrid, pues deseo hablarle dos palabras a presencia de usted. Mientras llegaba este jefe que en el acto hice llamar, me dijo: —A su amigo el general Rondeau y al general Balcarce, dígales usted que les dejo la última expresión de mi amistad.

 El coronel Lamadrid se presentó y Dorrego lo abrazó con ternura, y sacándose una chalueta de paño azul bordada que tenía, se la dio al coronel pidiéndole en cambio otra de escocés que tenía puesta. Además le entregó unos suspensores de seda que habían sido bordados por su hija Angelita, rogándole que se los entregara. Todo había acabado .

Dorrego apoyado en el brazo del coronel Lamadrid, y en el del clérigo Castañer, marchó lentamente al suplicio.

 Un momento después oí la descarga que arrebató la vida a ese infeliz. Yo no quise pre-senciar ese acto cuyas tristes consecuencias preveía. Yo me hallaba mudo al lado del general Lavalle que profundamente conmovido me dijo: —Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable.

 En seguida, escribió su célebre parte al gobierno delegado, participándole la ejecución del coronel Dorrego.  He aquí, querido Angel, la narración fiel y verídica de ese episodio de nuestros extravíos políticos. Cualquiera cosa que fuera de esto se diga, es una vil impostura, pues nadie ha conocido estos detalles, sino el general Lavalle y yo. A la edad de 67 años, cuando tengo un pie al borde del sepulcro que miro sin terror, escribo estas líneas, de que tú harás el uso que juzgues necesario para satisfacción de la verdad, desfigurada por viles e innobles pasiones de los que no respetan ni el hogar, ni la honra de los ciudadanos.

Soy tuyo con el mayor cariño. Juan Elías (1)

(1) Gorostegui de Torres, Haydée  y Figueira, Ricardo, El fusilamiento de Dorrego, en; Documentos para la historia integral argentina Vol.1, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1981, pp. 22:23.

Edición: Maximiliano Van Hauvart, estudiante UNMdP.

 

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

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