La Argentina era una timba (A modo de conclusión final ) por Carlos Mayo.

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Comentario a la presente edición online.

Hace casi 20 años, Carlos Mayo y los miembros del Grupo Sociedad y Estado  nos adentramos en indagar la relación entre el juego, la sociedad y el estado en Buenos Aires a lo largo del siglo que transcurrió entre 1730 y 1830. Dicho objetivo se plasmó en un proyecto de investigación, que recibió un subsidio de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Así al cabo de dos años de trabajo grupal, la pesquisa finalizó en la publicación de un libro (impreso en la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata) (I), que condensó ideas, debates, documentos y bibliografía que ratificaron o rectificaron los presupuestos previos que orientaban a la investigación. Como señalaba nuestro maestro, “… este trabajo quiere escapar de esa tradición historiográfica que reparaba en el juego y no en los jugadores. … queremos por el contrario, hacer hincapié en la sociedad que juega y se divierte y en el estado que vigila…” En esta oportunidad, deseamos acercar aquellos textos revisados y corregidos para el interés y la curiosidad de los lectores.  Diana A. Duart.

 

La Argentina era una timba (A modo de conclusión final ) (I)

por Carlos Mayo

Jugaba la sociedad argentina, jugaba, jugaba y jugaba; la afición al juego llegaba a todos los estratos sociales en el período colonial tardío y los años posteriores a la emancipación. Todos o casi todos jugaban; doctores, militares, ricos comerciantes, caudillos como Facundo Quiroga, y también artesanos, frailes, peones y esclavos, hombres y mujeres; en 1810 se vendieron más de 60.000 mazos de naipes y la lotería, en su apogeo, involucra a buena parte de la población urbana. El juego era omnipresente; se juega en todas partes: en la ciudad y en el campo, en los salones de la elite y en un rancho miserable, en las pulperías por cierto, en los cafés, en las posadas, en las casas particulares, en garitos improvisados pero también en las calles, debajo de la recova o una carreta. Se jugaba en el fortín, en la cárcel, en los velorios y el nombre de los juegos es casi infinito; taba, pato, naipes, carreras de caballos, bolos, villar, lotería, dados, y poco faltó también para que jugara a la ruleta.

Se juega en todas partes y a toda hora; de día, al atardecer, de noche. Hay quienes se pasan días enteros jugando. No sólo se juega en los períodos de inactividad debidos a la estacionalidad de la economía agropecuaria sino también en plena cosecha, se juega trabajando y trabajando se juega; la frontera entre trabajo y diversión era huidiza y muy tenue en aquella sociedad preindustrial; el juego se cuela por todos lados, devora las horas y las fortunas. Los jugadores profesionales, los tahures son los menos, el resto tiene otra ocupación; son gentes ordinarias, comunes que viven su vida en paz haciendo cada uno lo suyo. El juego reúne bajo los mismos códigos a quienes la estratificación social, el imaginario estamental y el perjuicio racial se empeñaban en mantener separados y distanciados. El juego de naipes era en este sentido particularmente democrático; allí, sentados a la misma mesa y bajo reglas que regían para todos por igual podía verse compartiendo una partida de truco a hombres libres y esclavos, blancos, negros, indios y mestizos, estancieros, capataces y peones, hombres y mujeres, viejos y jóvenes. “En el juego somos todos iguales”, le espetaba un soldado a un suboficial; y tenía razón. En el juego de naipes quedaban momentáneamente y hasta cierto punto suspendidas las jerarquías sociales, étnicas, la diferencia de edad y sexo.

 En otros juegos y diversiones no pasaba lo mismo, la sociedad y sus divisiones se reproducían en el espacio lúdico; el espectáculo era compartido pero desde el precio de las entradas hasta las graderías se hacían eco de las diferencias de estatus y fortuna; se miraba un mismo espectáculo pero desde lugares diferentes en el espacio jerarquizado del toril por ejemplo. El caso de las corridas de toros era, en efecto, un ejemplo paradigmático de entrenamiento estamental. Otros juegos eran privativos de solo cierta clase social, reinaban en los salones de las casas acomodadas.

En la campaña y aun en las pulperías de la ciudad el juego tenía un rol destacado como partero de sociabilidades; hombres solos, muchos de ellos forasteros -algunos eran, en efecto, migrantes del interior- llegaban a conocerse por primera vez, y a compartir un momento juntos en una mesa de juego. A conocerse y a agredirse. La muerte o una herida grave eran a menudo el corolario inevitable de una partida de paro o monte. Por qué? Porque el juego, la apuesta y la trampa eran la razón o la excusa para exhibir la propia hombría. Juego, violencia, ocio desenfrenado: un problema de orden, en suma, un problema de estado.

El Estado colonial no podía pues desinteresarse del juego y, desde luego, no lo hizo. Una legislación por momentos zigzagueante se propuso encauzar, no erradicar el juego (esto era a la vez impensable e imposible) poniéndole límites. De qué manera? Pues estipulando qué juegos podían y no podían jugarse, las horas, los lugares y los días en que cabía y no cabía jugar y quienes podían y no podían acercarse a una mesa de juego o a una cancha de bolos. Pero el estado colonial no solo vigilaba y acotaba el juego, también medraba con él. Era poco menos que inevitable que una actividad tan difundida y arraigada en la sociedad acabara siendo vista también como una fuente de ingresos fiscales. Había una tercera función para el juego en el marco del estado colonial la de legitimar ante la sociedad su propia existencia, así los juegos de cañas o las corridas de toros celebradas para conmemorar el nacimiento de un heredero al trono, la llegada de un virrey o la coronación del monarca de turno jugaban ese papel legitimante.

 La revolución que empezó emprendiendo una campaña disuasiva contra el juego y ciertas diversiones en nombre de la nueva virtud cívica acabó como el “gobierno antiguo” recurriendo a los viejos bandos coloniales para enfrentarlo y haciendo como él del juego una fuente de recursos para el fatigado erario público.

 Más aún, bien pronto descubrió que el juego podía proporcionarle una fuente adicional de carne de cañón para el frente de batalla, nuevos soldados, en suma, reclutados entre los jugadores empedernidos que eran sorprendidos in fraganti violando la legislación contra los juegos prohibidos. Que el intento de difundir naipes artiguistas haya fracasado no oculta el hecho de que el juego fuera visto también como una herramienta de propaganda política en los agitados días de la revolución de independencia.

Todos juegan pero lo hacen por distintos motivos, el tahúr que va de pulpería en pulpería solicitando juego ha hecho del juego un medio de vida, rara vez se emborracha y solo pelea cuando pierde, otros, – los más- ven en el juego un pasatiempo, una diversión y no falta los que esperan que una partida exitosa pague los gastos de su supervivencia cotidiana. En definitiva, algunos juegan para vivir, otros viven para jugar.

Todos juegan, en suma, y lo hacen a toda hora, en todo lugar. Vistas así las cosas y desde este punto de vista, no sería demasiado exagerado afirmar que la pampa era por entonces un garito y la Argentina del tránsito del orden colonial al independiente una gran timba.

(I) Mayo, Carlos A., Juego Sociedad y Estado en Buenos Aires 1730-1830, Editorial de la U.N.L.P., Argentina, pag.164

Cita y notas:

(1) Mayo, Carlos A., Juego Sociedad y Estado en Buenos Aires 1730-1830, Editorial de la U.N.L.P., Argentina, pp. 158:160.

Edición: Maximiliano Van Hauvart, estudiante UNMdP.

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart
Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

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