La economía de Chile en el siglo XVIII a través de la obra de Ruggiero Romano por Diana A. Duart y Carlos Van Hauvart.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta publicación no puede ser reproducido ni todo ni en parte, ni transmitido ni recuperado por ningún sistema de información en ninguna forma ni por ningún medio. Sin el permiso previo del autor.

D.N.D.A. Registro de autor 5.274.226

La economia de Chile en el siglo XVIII a través de la obra de Ruggiero Romano

por Diana A. Duart CEHis-FH-UNMdP y Carlos A. Van Hauvart CEHis-FH- CNAUI-UNMdP.

Hace ya más de 50 años el historiador Italiano Ruggiero Romano escribió un artículo en la Revista Annales, que luego fue publicado al español por la Editorial de la Universidad de Buenos Aires (Eudeba) en 1965 bajo el título Una Economía colonial: Chile en el siglo XVIII (1). Su propósito primordial fue comparar aspectos de la economía productiva del Río de la Plata y Chile. Como el mismo decía un viaje desde el Atlántico al Pacífico.
Para ello se enfocó básicamente en una cuestión, la producción de monedas de oro y plata en Chile. Hay que recordar que América fue una gran productora de mineral argentífero. Dos áreas mineras Zacatecas y Potosí abastecieron de ese mineral a los comerciantes y el estado español. Los primeros los usaron como medio de pago de sus importaciones provenientes de Asia y Europa. El estado español se financió a través de los impuestos que cobraba por la extracción del metal y la producción de monedas de plata. En suma, muy poca de la plata que se producía en los virreinatos de Nueva España y del Perú quedaba en América durante el siglo XVI.
La disminución de circulación de moneda en las colonias hispanoamericanas, especialmente en las áreas marginales, obligo a la convivencia de dos formas de economía: la economía natural y la economía monetaria. La primera se refiere a los intercambios que se producían mediante la utilización de las llamadas monedas de la tierra (productos locales que se intercambiaban con los procedentes de otras regiones). La necesidad de una economía monetaria requerida por el sector mercantil buscaba acelerar la fluidez de los intercambios, caso contrario había circuitos mercantiles que podían quedar ajenos a las redes de mercantilización.
Romano estudió la creación de la Casa de la Moneda de Santiago a mediados del siglo XVIII. Primero fue una empresa privada y luego fue manejada por la corona. Esta empresa tuvo múltiples dificultades ya que para obtener el metal (para posteriormente amonedarlo) se debía contar con mercurio que provenían de las minas de Huancavelica y de cobre para la aleación (3). El autor sospecha que una proporción de aquel metal se desvía hacia flujos clandestinos de moneda.
La prosperidad de la economía de Santiago dependía de la riqueza consolidada de Lima y la riqueza dinámica de Buenos Aires. “Santiago es rico en la medida en que lo son sus vecinos”. En esta interpretación de las relaciones económicas de las colonias, es que, Romano apela a la tesis de otro historiador como C. H. Haring. Por ello en este contexto le dejamos al lector una cita amplia de algunas cuestiones que plantea Romano, para poder trabajar en el aula:

“…Pero quisiéramos volver por un instante, al aspecto particular de esta riqueza: la estrecha ligazón entre la riqueza (modesta) de Chile, la riqueza (grande, pero tradicional, sin un impulso vital que le sea propio) de Lima y esa otra riqueza (grande y viva) de Buenos Aires. Santiago es rico en la medida en que lo son sus vecinos: todo va bien en Chile cuando todo va muy bien en su alrededor.
En el caso de Chile, se verifica en general la tesis quizás demasiado forzada, pero justa en el fondo, de C. H. Haring, sobre las relaciones entre España y sus colonias. C. H. Haring pretende que, durante los siglos XVI y XVIII, la metrópoli mantuvo estrechas relaciones con las colonias de clima cálido, las de las regiones tropicales, productoras de azúcar, algodón y materias tintóreas; y en el siglo XVIII —una vez que el abastecimiento de los mercados europeos con estos productos estaba asegurado regular y económicamente, por los ingleses, los holandeses o los franceses y cuando la producción minera ya no estaba a la altura de los nuevos ritmos del mercado— la atención de España se volvió
hacia las regiones que Haring llama “colonias agrícolas”; en la medida en que la navegación entre el Nuevo y el Viejo Mundo, se volvió más simple y poderosa y pudo aplicarse al comercio de productos pesados o voluminosos y siempre de mediocre valor unitario, las colonias de este tipo se valorizaron. La tesis de Haring halla su confirmación en el prodigioso ascenso del comercio de cueros del Río de la Plata y en un plano diferente, en los primeros embarques de trigo norteamericano que llegaron hasta el Mediterráneo.
Indudablemente, Chile quedó incluido en este triunfo de las colonias “agrícolas” sobre las colonias “de explotación” en el siglo XVIII, y su economía sacó ventajas de este proceso —limitadas pero ciertas.
La posición de Chile durante la segunda mitad del siglo XVIII es ambigua. Pero acaso la ambigüedad con sus ambivalencias ¿no es casi una ley de la historia económica de América del Sur? Hemos hablado del surgimiento económico del Río de la Plata. ¿No llegó acaso un historiador a conclusiones bastante curiosas sobre la riqueza de Buenos Aires? La riqueza que se desarrolló particularmente a la sombra de las franquicias acordadas a Buenos Aires también fue superior, como valor, a la moneda que en realidad circulaba. 129 Con Chile sucedió lo mismo. Cabe solo pensar, aunque la reserva vaya lejos, que el hiato entre riqueza y moneda ha sido con seguridad en este caso, mucho más grande que en los demás…”

(1) Romano, Ruggiero; Una economia colonial: Chile en el siglo XVIII, Eudeba, Buenos Aires, 1965.

(2) Romano, Ruggiero; op.cit.; pp.48:49.

(3) El contenido del link se realizado a partir de la obra Bakewell, P.J.; Minería y sociedad en el México Colonial, Zacatecas (1545-1700), F.C.E., Mexico, 1976. que aqui reproducimos:

La amalgamación era el método de beneficio del mineral que se usaba en casi todas las haciendas de minas. El mineral que contenía plata (que generalmente se llamaba simplemente “metal”) ya había sido separado de la materia inútil contenida en el filón; esta operación se realizaba a mano, con martillos. Luego se continuaba con las siguientes etapas:
Primero: El mineral, una vez en la hacienda, era triturado en un molino de pisones y se obtenía la “harina”.
Segundo: la “harina” se colocaba en montones de 900 a 1.800kg, se le agregaba agua, sal común y mercurio con lo cual se formaba una mezcla semilíquida que quedaba contenida en un recipiente hecho de madera o piedra.
Tercero: esa mezcla era revuelta con palas varias veces al día (repaso), hasta que el mercurio parecía estar completamente amalgamado con la plata. A veces había que agregar más mercurio.
Cuarto: La operación más delicada era saber cuándo la plata estaba “incorporada”. El azoguero, era una de las personas de mayor responsabilidad en la hacienda de minas, porque debía asegurarse obtener la mayor cantidad de plata con el gasto mínimo de azogue (mercurio). El proceso de “incorporo” podía tardar de dos a tres meses, variando según la calidad del metal y la estación del año.

Edición y corrección: Van Hauvart Duart, Maximiliano L. Estudiante de Letras. FH, UNMdP

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart
Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

También te podría gustar...