La pulpería como empresa El capital invertido y su origen. Las sociedades comerciales de pulperos por Carlos A. Mayo.

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D.N.D.A. Registro de autor 5.274.226

Pulperos y Pulperias de Buenos Aires 1740-1830 (I)

Carlos Mayo, Director

ISBN 937-9136-15-2

La pulpería como empresa El capital invertido y su origen. Las sociedades comerciales de pulperos. (II)(*)

Carlos A. Mayo

¿Cómo reunir el capital para montar una pulpería en Buenos Aires? ¿Cómo manejarla una vez abierta? ¿Qué margen de utilidades dejaban? ¿Cómo hacerse pulpero, en suma? He aquí las preguntas que hasta ahora no hemos podido responder adecuadamente los historiadores y que aprendía rápidamente a contestarse el inmigrante español que había decidido dedicarse al comercio minorista de “abasto”.

No era difícil entrar en el negocio. Solo era necesario reunir capital de unos 200 pesos, nos dice Azara, modesta suma “que cualquiera le presta”, añade enigmáticamente dejándonos a oscuras acerca de quiénes correctamente adelantaban ese capital. A veces, en efecto, había quien lo adelantaba, o al menos parcialmente. Así podía ser un compadre “que por razones de hacerle fomento y por amistad” le suplicó 746 pesos a una aspirante a pulpero (1), o su suegro en el caso de Juan Serantes (2). Otra forma de llegar a tener una pulpería era casarse con la hija de un pulpero o con la pulpera viuda. Pero en realidad una estrategia más común para convertirse en pulpero y formarse un capital propio era empezar trabajando en ella como mozo a sueldo o mejor aún como administrador con participación en las utilidades (y las pérdidas). A veces el camino que conducía a la propiedad de una pulpería se daba precisamente por etapas: se empezaba como mozo a sueldo, luego se convertía en administrador asociado al propietario y si había tenido éxito acaso podía acabar dueño de uno de aquellos negocios minoristas. Manuel Castro, por ejemplo, trabajó como mozo en la pulpería de Domingo López a razón de 12 pesos por mes y luego de algún tiempo se convirtió en socio de su ex-patrón como administrador de su pulpería. También Manuel Magan empezó como mozo en una de las pulperías de Juan Carnero y acabó administrado la misma “a partir” de utilidades (3). ¿Cómo pasaban de mozos a administradores? Los administradores, como veremos, a veces ponían su trabajo personal solamente y otras veces aportaban además una parte minoritaria del capital de la sociedad. Es probable que Antonio Castro y Manuel Magan hayan aportado ambas cosas, su trabajo detrás del mostrador administrando el negocio y un pequeño capital que habían reunido a partir de su paga que no siempre cobraban puntualmente y quizás se hacía efectiva, en parte al menos, en mercadería del propio fondo de comercio de la pulpería. No sabemos si los casos de Castro y Magan eran típicos, pero si podemos asegurar que unas de las maneras más generalizadas de entrar en el negocio de pulpería, formarse un pequeño capital para operar en ella y eventualmente abrir una propia era convertirse en administradores o habilitados. El sistema seguía funcionando básicamente de la misma manera bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, cuando un pulpero vasco de la pampa le revelaba a Alfredo Ebelot como había llegado a ser propietario de la pulpería a su cargo.

 “Mi situación es ésta -explicaba el pulpero a Ebelot- . Usted comprende que no compré este establecimiento con mis recursos. No poseía tres pesetas cuando puse el pie en el puerto de Buenos Aires. Felizmente sé leer, escribir, soy un contador regular y mozo bastante vivo. Me conchabé con otros compañeros de viaje en una casa introductora como peón para descargar carros. Todos los vascos principiamos de este modo. Mi patrón se fijó en mí, me elevó a dependiente y me habilitó para comprar esta pulpería, en que estamos a medias. Todas las pulperías -apunto a continuación- se han creado de este modo” (4).

 Como era característico de las prácticas empresarias en la sociedad colonial hispanoamericana, pues, la tendencia era, también en este rubro, la separación entre propiedad y sección de la empresa. El dueño de la pulpería o de la mayor parte del capital invertido en aquella tendía a retirarse de su manejo confiándolo a otro, el consabido administrador. Se formaban así en sociedades muy sencillas “a medias” en las que, como se dijo, uno aportaba el capital o la mayor parte de él y el otro su trabajo y a veces también una parte minoritaria del capital.

Las utilidades se repartían entre ambos en porciones que variaban entre el 50% y el 30% según lo que aportaba cada uno. Así Gaspar Rodrigo  administraba la pulpería de Juan Gregorio Guerrero a cambio de utilidades, Bernardo Argumero administraba la de Pedro Arébalo por un tercio de las utilidades libres de gastos de comida, lavado y casas (5).

 Si el negocio había dado ganancias, el administrador recibía su parte de las mismas, al parecer en su mayor parte pagadera en mercadería de la propia pulpería. Así era como el administrador se hacía de un pequeño capital propio que podía reinvertir en la misma pulpería que administraba o en otra asociado también como administrador y socio minoritario.

 De esta manera José Gómez, en su testamento, declara entre sus bienes “las dos terceras partes de sus efectos que se hallan en la pulpería que he estado administrando en la esquina de Manuel Conde”(6).  Si todo había marchado a pedir de boca se podía pasar de habilitado a habilitador como le ocurrió a José Duran y Antonio Ortiz que de habilitados en el almacén de José Seoane pasaron a ser socios de éste en la pulpería que acababa de fundar, conviniéndose en habilitadores con Seoane de Francisco Patiño y José Villar.

 Pero no siempre los administradores terminaban bien. Los fracasos, que dejaron menos rastros documentales que los éxitos, no eran raros. Francisco de Paula Marin por ejemplo, que corrió con la administración de la pulpería de su hermano, acabó sus días sin bienes propios “ni cosa alguna más que las cortas ropas de mi uso”.  Más aún, murió endeudado con su hermano y “sin tener que pagarle” (7).

Como se echa de ver una de las formas más comunes de reunir el capital necesario para montar una pulpería era asociarse con otro. Lamentablemente, para nosotros los historiadores, esos contratos de compañía rara vez se protocolizaban ante escribano y la mayoría se han perdido. Se trataba, más bien, de arreglos extrajudiciales entre las partes pero no por ello dejaban de guardar, a veces las formalidades del caso. Se solían poner por escrito y eran firmados porcada uno de los socios. Los pocos que han llegado hasta nosotros son harto reveladores.

 En la compañía que formaron Juan de Rocha y Manuel Carasa por ejemplo, Rocha aporta un capital de 600 pesos, producto de la venta de dos esclavos suyos, y Manuel Carasa, por su parte, ofrece 300 pesos para la apertura de una pulpería a partir utilidades. Rocha aporta su capital en bebidas y Carasa correrá con la administración del negocio (8).

 En la sociedad formada entre Manuel Vilches y Mantín Luque, Vilches aporta 358 pesos 1/4 real y Luque 198 pesos y, caso curioso, ambos correrán con la administración y se repartirán las utilidades por mitades (9). En la que unió a Juan Serantes con su suegro, Serantes aportó su trabajo como administrador y 2.120 pesos y su suegro 2.871 pesos. Serantes recibiría las dos terceras partes de las utilidades -había puesto casi tanto capital como su socio además de hacerse cargo de ella- y su suegro la tercera parte restante (10). Pero no siempre el reparto de las ganancias guardaba  relación estricta con el capital aportado por cada socio. En otra compañía, verdaderamente excepcional por el volumen de los negocios implicados en la misma, Antonio García y Antonio Rodríguez aportaban sumas bien desiguales -García 6.000 pesos y Rodríguez casi la mitad 3.103 pesos- pero las ganancias se repartirían por mitades. Claro que además de aportar su parte, Rodríguez correría con el manejo de la ambiciosa empresa que integraba verticalmente una pulpería, una atahona, un estanco y una panadería, todas ellas en Moron” (11).

 En la compañía de Seoane y sus socios, los dos habilitantes cobrarían la cuarta parte de las utilidades y los otros tres socios, que eran los habilitadores y habían puesto más capital, -las otras tres cuartas partes distribuidas en partes iguales (12).

 ¿Cuál era el capital invertido en nuestras pulperías? El principal de las pulperías porteñas podía oscilar entre menos de cien pesos y varios miles. Lo interesante del caso es que el capital invertido en buena parte de las pulperías de nuestra muestra era relativamente reducido. Sobre un total de 65 pulperías cuyo capital conocemos, 11 (el 16,9%) tiene menos de 201 pesos de principal y el 40 % menos de 501. El 77 % de las pulperías de nuestra muestra -50 en total- tiene un capital que no rebasa los 1.501 pesos. Sólo una supera los 10.000 pesos de principal (Ver cuadro 1)

CUADRO1

Fuentes: Testamentos y sucesiones. El capital esta calculado a partir del valor del stock de mercaderías, los bienes de uso y efectivo en caja. En algunos casos solo conocemos el monto del stock de mercaderías que absorbía, de lejos la mayor parte del capital invertido.

Kinsbruner, por su parte, destaca que sobre un total de 457 pulperías registradas en 1813, 60 tenían una inversión inferior a los 101 pesos y el 51,4% del total un capital inferior a los 501 pesos contra el 41 % de nuestra muestra.

 Se requería menos capital para abrir y operar una pulpería que para explotar una estancia en la pampa. En efecto sobre un total de 101 estancias, que hemos podido rastrear, d promedio del capital invertido era de algo más de 2.218 pesos (13)  y como veremos la rentabilidad de las pulperías en los años buenos parece haber excedido la de las estancias (14).

 Esa mirada de pequeñas pulperías que operaban con un capital menor a los 500 pesos ofrecía una tenaz competencia a las más capitalizadas. Las respuestas de los pulperos más grandes, nucleados en torno de ese gremio de pulperos que a fines del siglo XVIII intentó constituirse sin éxito, fue típicamente corporativa, llegó a proponer a los poderes públicos que clausurara todas las pulperías van un principal inferior a los 500 pesos y no se admitiera la apertura de las que no contaran por lo menos con ese capital. Ello hubiera implicado borrar. si las muestras de Kinsbruner y la nuestra fueran representativas, a la mitad o casi la mitad de las pulperías de la ciudad. Por supuesto esa medida desesperada no fue adoptada y aunque lo hubiera sido no hubiera podido frenara crecimiento imparable de un rubro comercial cuyo acceso estaba prácticamente al alcance de casi todos los que supieran leer o escribir y estuvieran dispuestos a trabajar duro detrás de un mostrador.

Los registros contables. El fiado  y los gastos personales.

 Los pocos contratos encontrados nos permiten conocer con algún detalle aspectos claves del manejo empresario de las pulperías de Buenos Aires, tales como el tratamiento dado a los fiados, los gastos personales de los socios, su separación de la empresa, la contabilización de sus operaciones y otros.

 El fiado era un aspecto central del funcionamiento de la pulpería, como veremos. Era también su talón de Aquiles, los “malos fiados” -aquellos que se revelaban incobrables- podían llevar el negocio a la ruina. Como regla general los socios respondían personalmente por el fiado que hicieran a los clientes, sobre todo si era en efectivo. En la compañía que formaron Ortiz, Duran,  Seoane, Patiño y José Villar se dejaba claramente estipulado que los “fiados (que se hicieran en efectivo) serán de cuenta del que los haga y este lo abonará por entero al fondo” y en caso de despido o separación se abonarían solo después de cobrados por los socios. Si uno de los habilitados era despedido se le daría su parte de los fiados una vez cobrados y no antes.

Manuel Vilches y Martín Luque adoptaron el mismo criterio; los fiados en efectos serían en responsabilidad de cada socio. Por su parte José Valdez, como administrador de la pulpería de Juan Pérez Sánchez, reconocía en el sencillo contrato celebrado con éste que “los fiados que yo hiciese serán de mi cuenta y riesgo. Si éstos fueran saldados se deducirán de las ganancias que pudieran corresponderle y si estas no cubrían el monto de los fiados impagos,  Baldez debía responder con su persona y bienes pues Sánchez solo lo autorizaba a vender a cambio de dinero en efectivo y no al fiado”(15).

 Los pulperos vivían de sus pulperías en el sentido más literal. En efecto aquello no era sólo su fuente de ingresos sino también la proveedora de alimentos y demás gastos personales. Como en el caso de los fiados, los gastos personales de los dueños, administradores y mozos corrían por su cuenta y no por la del negocio y, a la hora del balance, se descontaban de su parte del capital y las utilidades que pudieran corresponderle; en el caso de los mozos de su salario. Así típicamente Carasa y Juan de Rocha estipularon en su contrato de compañía que quedaban “de su cuenta las gastos personales y de su familia” y a la hora de la rendición de cuentas y de utilidades “que le cupiesen se le rebajen” a ambos. Vilches y Luque dispusieron, además, que los gastos de comida, casa y demás que fueran comunes a ambos, a diferencia de cada uno, saldrían del fondo de la pulpería.

En cambio Antonio García le pasaría a su socio Antonio Rodríguez un peso diario para mantener a la familia de éste pero Rodríguez se obligaba a devolverle, al año, el total de la suma recibida con ese fin.

 Algunos contratos estipulaban explícitamente el procedimiento a seguir en caso de la separación de un socio. En el caso de la dupla Vilchez-Luque, Vilchez se quedaría con la pulpería y su socio tenía derecho a llevarse la mitad del principal y de las utilidades. Más minuciosos y precavidos Seoane y sus socios dejaron bien estipulado que cuando cualquiera de ellos pidiera separación sólo podrían hacerla efectiva “siempre que la plaza esté en término que no ofrezca pérdida en los efectos que hubiera existente y no de otro modo”. José Seoane, como socio principal, se reserva, además, el derecho de despedir con causa justificada al resto y siempre que además informara a los demás socios de la razón por la que había tornado tal decisión.

 Los pulperos llevaban una rústica contabilidad -si así pudiera llamársela-de sus operaciones, especialmente de los fiados, como veremos en otro capítulo. Los contratos examinados aportan datos de interés al respecto. Rodríguez como administrador del múltiple negocio integrado que manejaba en sociedad con García, debía llevar uno o más libros de cuentas. Luque administrador de la pulpería de Vilches, se comprometía a llevar un libro diario para registrar las compras y ventas de la pulpería y además llevaría cuenta puntual de los gastos que cada socio hiciera para sí a expensas de aquella.

 Carasa por su parte tenía que llevar un libro de caja donde registraría las compras y el movimiento de efectivo de la pulpería a su cargo. Debía además rendir cuentas cada seis meses efectuando un balance. Estos balances eran habituales en nuestras pulperías y a veces se contrataban peritos para efectuarlos.

¿Cuánto duraban estas sociedades? Podían prolongarse casi diez años corno la de Seoane y sus compañeros o durar tres según estipulaba el contrato entre García y Rodríguez, o sólo uno como en el caso de Vilches y Luque.

 Si algo revela estos contratos de compañía era la complejidad, que aún dentro de su sencillez, se escondía detrás de aquellas rústicas pulperías por-teñas. No operaban de cualquier manera y según el capricho de sus dueños o administradores; los aspectos centrales de su funcionamiento habían sido racional y formalmente pautados de antemano por sus responsables.

Rentabilidad

 ¿Eran rentables las pulperías? Solamente el estudio de casos concretos puede ofrecer una pista segura para responder a esta pregunta. Afortunadamente hemos encontrado, entre la documentación consultada, información valiosísima para acercarnos a la determinación del nivel de rentabilidad de algunas pulperías porteñas.

La pulpería podía ser un negocio rentable y, a veces, en algunos años buenos, muy rentable. Veamos algunos casos. Al efectuarse, en septiembre de 1814, un nuevo balance de la pulpería que Juan Guerrero tenía en sociedad con Gaspar Rodrigo, su administrador, arrojó un capital de 2340 pesos 5 reales, que deducidas las erogaciones en concepto de impuestos y las deudas significaba un principal líquido de 2037 pesos. El balance anterior, efectuado probablemente en enero de 1813, determinó la existencia de mercaderías y efectivo por valor de 776 pesos y seis y medio reales, es decir que entre enero de 1813 y septiembre de 1814 -un período de 21 meses- la pulpería había producido una ganancia de 1.261 pesos, o sea dé un 162%, una utilidad francamente espectacular. Las utilidades debieron ciertamente repartirse entre los dos socios por igual, lo que le representó a cada uno una ganancia individual de 630 pesos (16).

 También a la pulpería que José Blanco y Maza tenían a partir utilidades le fue bien en los seis meses que corrieron entre diciembre de 1805 y el balan-ce que se efectuó a la suerte del primero en junio del año siguiente. En diciembre de 1807 el principal de la pulpería totalizaba los 1057 pesos 5 reales; en junio de 1806 éste sumaba 1.357 pesos lo cual arrojaba una ganancia de 267 pesos 7 y medio reales, una tasa de ganancia del 25%. Una vez más las utilidades se repartieron por partes iguales lo que aportó a cada socio una ganancia de 133 pesos 7 y medio reales.

Sin embargo de la ganancia individual y el principal invertido por cada socio había que deducir los gastos personales de cada uno hechos a expensas de la pulpería. De manera que, en el primer caso, el haber líquido de Juan Guerrero y Gaspar Rodrigo fue menor. Así, a Guerrero, que había aportado todo el principal le quedaron limpios 1.330 pesos sobre un total de 1.407 pesos y a Gaspar Rodrigo 570 pesos dos y medio reales de los 630 pesos dos y medio reales que le correspondían de ganancia. Por su parte al administrador Mala, socio de Juan Blanco, le quedaron en limpio 275 pesos 4 y 1/ 2 reales sobre un capital de 363 pesos 1 1/8 reales.

 Pero los ejercicios perdidos no eran raros. La pulpería de Vilches y Juque, por ejemplo, tuvo una pérdida de 115 pesos 1/4 real en un año, es decir de un 20,6% .

Estos datos, aunque reveladores, semejan fotografías estáticas. ¿Eran estas tasas de utilidades recurrentes en la historia de una pulpería concreta? Afortunadamente hemos encontrado dos casos en que podemos seguir una evolución en el tiempo de la marcha del negocio.

En 1815 José Seoane, dueño de un almacén venido a menos «por la calamidad de los tiempos» se asoció a José Duran Domingo Ortiz como habilitadores y a Francisco Patiño y Antonio Ortiz para abrir una pulpería. El total del capital invertido alcanzó a los 8.996 pesos (se omiten los reales). Al efectuarse el primer balance de la pulpería de la sociedad arrojó un principal de 8.556 pesos, esto es una pérdida del 6 % (ver cuadro 2). El balance efectuado en abril de 1823 (nada sabemos de los que siguieron entre 1816 y el 1823) produjo, respecto del de siete años antes, una pérdida del orden del 47 %, pero en 8 meses que corrieron entre abril y diciembre en que se efectuó un nuevo balance, a raíz de la muerte de Seoane, la pulpería logró producir una utilidad del 56%.

cuadro2

Fuente: Sucesiones 8605, Villar.

Veamos ahora el impacto de esa gestión de siete años en el total del capital aportado por los tres socios principales, Seoane, Ortiz y Durán (Véase cuadro 2)

cuadro3

 

Como se observa claramente ni siquiera las utilidades registradas entre abril y diciembre de 1823 lograron revertir aunque si atenuar considerablemente la pérdida que había sufrido el capital inicial aportado por los tres socios; en efecto el capital que tenían en 1823 era inferior al que tenían al iniciarse la sociedad. Pero cuando analizamos el impacto de malos años para la pulpería en el capital aportado por cada socio en forma discriminada, descubrimos que no a todos les fue de la misma manera (ver cuadro 4).

cuadro4

 

Así se observa que mientras Duran y Seoane habían sufrido pérdidas considerables en su capital, Ortiz incrementó el suyo ostensiblemente. ¿Cómo explicar esas diferencias? Ortiz había sido más frugal en sus gastos que sus otros dos socios (acaso carecía de familia que mantener) y probablemente había efectuado «buenos fiados» por los que, en consecuencia, no tuvo que responder con su patrimonio ( recordemos que típicamente en esta sociedad cada socio se hacía responsable de los fiados que autorizara).

En 1770 Pedro Arévalo y Bernardo Argurnedo se asociaron para explotar la pulpería. El primero adelantó el capital -1500 pesos- y el segundo puso su trabajo: sería pues el administrador. A los dos años se practicó el primer balance desde la formación de la sociedad. Ambos socios tuvieron entonces razones para sentirse satisfechos, la pulpería había arrojado una ganancia más que atractiva; 940 pesos. Esto se había obtenido una tasa de utilidad del orden del 85% en dos años, algo más del 40% al año (ver cuadro). Arevalo se quedó con las dos terceras partes de las ganancias y Argumedo, que solo había aportado su persona, con la tercera parte restante. A los dos años siguientes, al practicarse nuevo balance, la situación se había revertido dramáticamente. Ahora la pulpería había producido pérdidas de consideración (del orden del 35%) (Véase cuadro 5).

cuadro5

¿Qué había pasado? Arévalo, en la demanda que entabló contra su habilitado Argumedo, lo acusaba de haberse excedido en el fiado a los clientes. Había fiado mal y sin su autorización, y la verdad es que la lista de fiados no cobrados y acaso incobrables que había hecho el administrador entre 1772 y 1774 sumaba 773 pesos, es decir, más que el valor total sumado de mercaderías y efectivo que quedaban en la pulpería al hacerse el fatídico balance de 1774. Se había entusiasmado Argumedo y había fiado alegremente a sus clientes, ¿alentado por el buen resultado obtenido durante los primeros dos años de su gestión? Probablemente, aunque no deberíamos descartar razones ajenas a su voluntad y a la de sus clientes, como una crisis más generalizada de la economía urbana que habría afectado sus ingresos contribuyendo a ese desenlace. Arévalo perdió mucho menos que Argumedo en la debacle pues en 1774 aún conservaba (algo incrementado) el capital que tenía en 1770, pero Argumedo terminó fuertemente endeudado con el primero y al parecer sin un cobre.

Si los casos de las pulperías de Seoane y Arévalo fueran representativos, entonces lo que se habría dado en la historia de muchas pulperías fueron fuertes y por momentos brutales fluctuaciones: años de excelentes o mediocres ganancias podían continuar, o intercalarse, con otros de pérdidas, a veces tan grandes como las utilidades obtenidas en los años buenos. El negocio habría sido rentable -y muy atrayente para esos dueños que ya no trabajaban en su pulpería y se quedaban a veces con el grueso de las utilidades-pero inseguro, lo que explicaría por qué tantos se sentían atraídos a emprenderlo (sobre todo si tenernos en cuenta el escaso capital requerido para entrar en él) y también la escasa longevidad de muchas de estas pequeñas empresas minoristas” (17).

La pulpería como casa de empeño

 Los historiadores de la pulpería en el Río de la Plata y otras regiones de Hispanoamérica no han dejado de señalar que las pulperías funcionaban como tiendas o casas de empeño. Las de Buenos Aires, en efecto, no fueron una excepción. A diferencia de México, donde las operaciones pignoraticias estaban autorizadas y habían sido objeto de precisas regulaciones (18), el Cabildo de Buenos Aires y aún las máximas autoridades virreinales veían con malos ojos esta práctica en la que recaían nuestras pulperías. El empeño fue así prohibido y en otras ocasiones tolerado siempre y cuando se cumplieran estrictos requisitos como la existencia de una autorización escrita por parte del dueño del objeto empeñado (19)

. ¿Cuáles eran los objetos empeñados en nuestras pulperías? ¿Quiénes empeñaban sus prendas al pulpero? ¿Cuál era el monto de la suma dada a cambio del objeto pignorado? La minuciosa lista de objetos empeñados en su pulpería y la de sus respectivos dueños que el pulpero Juan Bautista Ferrary proporciona en su testamento ofrece, una información reveladora al respecto (véase cuadro 5)(20). Nótese que en su mayoría los endeudados con Ferrary son gentes de los estratos medios inferiores y bajos de la sociedad porteña: un maestro panadero, un tornillero, la esposa de un herrero, un capataz y dos que parecen haber sido peones o gente de muy bajo estatus; «el Paraguayo» y un santiageño cuyos nombres Ferrary ya no recuerda radicado en Chascomús. Hay sin embargo un «Don» que ha empeñado una fuente de plata a cambio de una onza de oro y otro personaje que en mejores tiempos no debió tener un mal pasar, pues ha empeñado ropa de buena calidad: una chaqueta de paño azul fino y calzones de terciopelo. Ferrary ha querido Cubrirse y  ha aceptado sobre todo prendas u objetos de plata o con piezas de plata.

 Los prestamos en plata no exceden los 30 pesos y el de dinero entregado a cambio de estos objetos por Ferrary suma un total de 122 pesos plata. ¿Hasta que puso son representativos estos datos? Carecemos de otras listas que revelen los nombres y ocupaciones de los dientes que empeñaban objetos y prendas en las pulperías estudiadas pero no de otras referencias a estos últimos. En general y al igual que en el caso de la pulpería de Ferrary, los objetos empeñados suelen ser prendas de vestir;  piezas del recado u objetos de plata. Pero en ninguno de los otros cinco casos detectados alcanza el monto total del dinero o el valor de la mercancías entregadas a cambio por el bien empeñado a ser tan altos como en el de Ferrary, que se ha desprendido de una suma equivalente a algo más del 24% del valor del capital invertido en su pulpería. En el resto de los casos las sumas comprometidas no exceden el 4,6 % del mismo y en tres de los cinco casos conocidos rondan el 1 % ciento o menos aún. Si estos datos se revelaran representativos entonces no conviene exagerar la importancia del empeño en los negocios del pulpero porteño. La pignoración parece haber sido, en efecto una actividad más bien marginal de nuestras pulperías. Que hayamos encontrado entre nuestras fuentes tan pocos rastros de esa práctica -sólo 5 sobre cuarenta inventarios estudiados registran la presencia de prendas empeñadas-, debiera ponemos en guardia acerca de la verdadera difusión de ese forma de crédito entre las pulperías de Buenos Aires. Es que para los pulperos el empeño no era un negocio brillante; al contrario a veces se quedaban sin recuperar el dinero empeñado a Ferrary «el Paraguayo» se le había esfumado hacía tres años e ignoraba, aún en su lecho de muerte su paradero. Y vale la pena recordar que el capital empeñado quedaba automáticamente fuera del ciclo mercantil hasta que el deudor pudiera devolverlo.

La pulpería y el crédito

 La pulpería funcionaba, en buena medida, en base al crédito; el que le otorgaban sus proveedores y el que ella daba a sus clientes, como se verá con más detalle en el capítulo 5. El fiado era una institución en las pulperías porteñas y uno de los aspectos más delicados del negocio, según hemos visto. Buena parte de las compras que hacían los clientes se hacía a crédito aunque también circulaba d metálico y naturalmente los pulperos preferían que sus parroquianos pagaran en dinero efectivo.

¿Cuál era el monto del crédito que los pulperos estaban dispuestos a otorgar? ¿Hasta qué nivel de su capital llegaban a prestar o fiar? No parece haber un patrón común. La que más lejos fue -de una muestra de nueve pulperías- fue Bernarda Pelayo que dio crédito por una suma equivalente al 64% del capital invertido en la pulpería (véase cuadro 7). De la misma manera la deuda promedio de los clientes y demás deudores con su pulpero ofrece fuertes fluctuaciones (véase cuadro 7); oscila entre 6,6 pesos en el caso de Manuel Enrique Gómez de Acevedo y los 496 pesos que en promedio deben sus dos grandes deudores a Miguel Bivaro. Sumas como estas últimas, bastante elevadas considerando que se trata del modesto negocio de pulpería, hacen pensar que algunos pulperos fueron verdaderos prestamistas.

cuadro6

 

cuadro7

Como era de esperar, el monto del crédito otorgado a cada cliente variaba según el estado financiero de la pulpería y la solvencia del cliente, aunque las sumas prestadas o el valor de las mercaderías fiadas tendía a concentrarse, si los datos del cuadro 8 se revelan representativos, en la franja de entre 1 y 5 y los 21 y 30 pesos

cuadro8

¿Cómo se distribuía socialmente el crédito otorgado por las pulperías? El cuadro 9 ofrece un muy grueso indicador al discriminar el crédito otorgado entre quienes recibían del propio pulpero o tasador el título de «Don» -muy extendido a fines del período colonial- y quienes no fueron registrados en la lista de deudores con ese apelativo.

cuadro9

Adviértase así, que los clientes de muy bajo estatus, esos pocos sectores a los que se les negaba el tratamiento de «don» reciben, salvo en dos casos, un porcentaje por momentos muy elevado del crédito otorgado por los pulperos aquí estudiados (Bernarda Pelayo fue particularmente pródiga con sus clientes humildes). ¿Quiénes eran esos deudores casi descastados socialmente? Unas de la listas incluye a un indio,  otra a dos «paraguay», Lorenzo y Manuel, que seguramente tenían sangre aborigen en sus venas. También se menciona por allí a un trapero. Entre los «dones» hay uno que ostenta el título de doctor y otro, Don Miguel Obes, es oficial de la Aduana.

En síntesis

La pulpería fue un negocio rentable pero también, al parecer, inseguro. Años de ganancias atractivas podían ser seguidos de otros de fuertes pérdidas o resultados mediocres. El capital necesario para abrir una pulpería podía ser muy modesto, en este sentido era un tipo de negocio muy abierto, un negocio que por eso mismo pudo convocar a muchos. El origen del capital  para abrir u operar uno de esos locales fue diverso siendo a veces un miembro de la propia familia el que adelantaba el capital.

Sin embargo la estrategia más común para aquel inmigrante recién llegado y sin recursos era hacerse administrador, esto es, aportar su trabajo personal en la atención del mostrador y el manejo cotidiano del negocio a partir utilidades con el dueño o socio principal. Así, si le iba bien, se formaba un pequeño capital propio que podía reinvertir en la misma pulpería que administraba o eventualmente instalarse por su cuenta. La pulpería como empresa era algo más sofisticada de lo que se creía. Los pulperos formaban sencillas compañías o sociedades y estipulaban por escrito las muy sensatas normas por las que se regiría el negocio. Hacían balances periódicos y recurrían a veces a peritos para hacerlos y determinar el reparto de utilidades. La pignoración tuvo, al parecer, un rol muy menor en el volumen de los negocios de las pulperías de Buenos Aires. En cambio éstas jugaron un rol central y vital como fuente de crédito para los sectores medios y bajos de la sociedad porteña.

 Citas y Notas:

(I)  Mayo, Carlos A. (Director), Pulperos y Pulperías de Buenos Aires 1740-1830, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata, Impreso en Departamento de Servicios Gráficos de la UNMdP, 1996, p.153.

(II) Mayo, Carlos A,  “La pulpería como empresa” en:  Mayo, Carlos A. (Director), Pulperos y Pulperías de Buenos Aires 1740-1830, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata, Impreso en Departamento de Servicios Gráficos de la UNMdP, 1996, pp.25:42.

 

1 AGN, Sucesiones 5905, Paula González

2 AGN, Protocolos Notariales, Registro 1. 1738 fs 253-254.

3 AGN, Sucesiones 5343, Juan Camero

4 Alfredo, Ebelot, La Pampa, (Buenos Aires: Alfredo Vars, 1958) 103.

5 AGN, Sucesiones 5707 y Tribunales 0142-4-3

6 Sucesiones 5906, José Gómez

7 AGN, Protocolos Notariales Registro 2 1802 f 430r

8 AGN, Protocolos Notariales, Registro 1812. Es 450r a 452

9 AGN, Sucesiones 8606, Manuel Vilches.

10 AGN, Protocolos Notariales. Registro 1 .1788 253. 254.

11 AGN. Protocolos Notariales. Registro 7. 18o4 fs 350 y ss.

12 AGN, Sucesiones, 8605 José Villar.

13 Mayo, Carlos A, Estancia y sociedad en la Pampa , (Buenos Aires, Biblos, 1995) 44.

14 Amaral, Samuel,  Producción y mano de obra rural en Buenos Aíres colonial, (Buenos Aires, Instituto Di Tella 1989), 18-23. Amaral  calcula un retorno de la inversión de la estancia de Lopez Osornio entre 0.3% y un 7,8% y una tasa de utilidad promedio del 3,3% anual.

15 AGN, Sucesiones 4305, José Baldez.

16 AGN, Sucesiones 5907, Gaspar Rodrigo

17 Kinsbruner, J., op. cit. p. 45

18 Ibidem p. 56

19 Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, Serie III, vol. VII, p.      81

20 Protocolos Notariales, Registro 2 179,1 f. 68 a 71

 

(*) Se ha respetado el estilo de cita elegido por el autor para la edición de galera.

Edición: Maximiliano Van Hauvart, Estudiante (UNMdP).

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

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