Las corridas de toros en el Buenos Aires Colonial (1730:1830) por Ángela Fernández y Laura Cabrejas.

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Las corridas de toros en el Buenos Aires Colonial (1730:1830)

por Ángela María Fernández y Laura Cabrejas

Comentario a la presente edición online.

Hace casi 20 años, Carlos Mayo y los miembros del Grupo Sociedad y Estado  nos adentramos en indagar la relación entre el juego, la sociedad y el estado en Buenos Aires a lo largo del siglo que transcurrió entre 1730 y 1830. Dicho objetivo se plasmó en un proyecto de investigación, que recibió un subsidio de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Así al cabo de dos años de trabajo grupal, la pesquisa finalizó en la publicación de un libro (impreso en la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata) (I), que condensó ideas, debates, documentos y bibliografía que ratificaron o rectificaron los presupuestos previos que orientaban a la investigación. Como señalaba nuestro maestro, “… este trabajo quiere escapar de esa tradición historiográfica que reparaba en el juego y no en los jugadores. … queremos por el contrario, hacer hincapié en la sociedad que juega y se divierte y en el estado que vigila…” En esta oportunidad, deseamos acercar aquellos textos revisados y corregidos para el interés y la curiosidad de los lectores.  Diana A. Duart.

De todas las diversiones populares que España implantó en América, las carreras de Caballos y las corridas de toros fueron las únicas que no sólo contaron con la aprobación de las autoridades, sino también con la presencia y el goce de las mismas.

En España, las Leyes de Partidas del siglo XII se refieren a las corridas de toros como juegos públicos. Pero, además era común celebrar los grandes acontecimientos -como la jura de un rey, el nacimiento de un heredero, una batalla triunfal u otra festividad- con una gran corrida. Los nobles participaban a caballo en la lid, protegiendo a los peones que eran los encargados de enfrentar de pie al bravío toro. Se simbolizaba de esta manera la legitimación de la dominación -protección noble-vasallo- y el modelo de sociedad estamental que tanto gustaba a los reyes de España.

“Las corridas de toros fueron no sólo en la península ibérica, sino en todo el Imperio español, la fiesta del orden estamentario”,  reafirma Viqueira Albán (1), comprobando que, en los territorios de Nueva España, se implantaron desde los primeros años de la conquista con el objetivo de legitimar el derecho de los españoles a dominar a los indígenas. Y no fue casual que la primera corrida de toros en Nueva España se realizara el 13 de agosto de 1529, para honrar la fiesta de San Hipólito, “en cuyo día se ganó esta ciudad”, (la caída de Tenochtitlán en manos españolas), como se asienta en el acta del Cabildo del día 11 del mismo mes y año(2).

En las corridas se materializaba ante todo el público el orden jerárquico que reinaba en las colonias, por eso, el virrey debía concurrir a las mismas. Pero, cuando los estamentos comenzaron a desmoronarse, la corrida dejó de ser una fiesta importante para convertirse en un entretenimiento cruel y sangriento.

 En todo el imperio español se observa una característica particular en relación a la evolución de la fiesta taurina: hasta fines del siglo XVIII no hubo una plaza construida destinada exclusivamente a la lidia, ya que generalmente se improvisaba el circo en la Plaza Mayor, “en forma circular, con postes, tablas y maderas, y por la parte de afuera se colocaban asientos y balcones con iguales o análogos materiales” (3).

 Por ejemplo, en la aburrida ciudad de Caracas, desde tempranas horas de la tarde sus habitantes se congregaban en la Plaza Mayor a presenciar el llamado “juego de toros”. Damas y caballeros se situaban en los tablados, y el pueblo -el ” común “- lo hacía a lo largo de las barreras. La fiesta se iniciaba con el toque de clarines y tambores que anunciaban la llegada del toro (4).

 En Lima, la primera corrida de toros se celebró el 29 de marzo de 1540, segundo día de las Pascuas de Resurrección (Mendiburu; 1992, 84) en la Plaza Mayor, que había sido cerrada con talanqueras para la ocasión. La “plaza firme de toros del Acho” la decana de América y la tercera en antigüedad, se inauguró el 30 de enero de 1766, con una corrida en la que se lidiaron 16 toros (5).

En Santiago de Chile, las corridas se venían realizando desde el siglo XVII, y “sólo podían llevarse a cabo en el interior de la ciudad, generalmente en la Plaza Mayor”. Se efectuaban para celebrar alguna festividad o con “fines altruistas, como las que se hacían en beneficio de los pobres de la cárcel dos veces al año ” (6) . Recién en 1812 se construyó una plaza, similar a la que se había hecho en Lima.

En La Habana, aunque no se hallen menciones, hay evidencias que desde los primeros días de la conquista se implantaron como diversión especial “o dentro del marco de festividades de otra naturaleza”, y se realizaban “en plazas públicas y lugares abiertos, el juego de cañas (…) y la capea de toros y vacas” (7).

En el Río de la Plata, la primera corrida de toros se realizó el 11 de noviembre de 1609, en conmemoración de la festividad de San Martín de Tours, patrono de la ciudad. Al igual que en el resto de América, hasta fines del siglo XVIII, las corridas de toros se improvisaban en la plaza Mayor. La primera plaza de toros permanente fue la de Monserrat, construida en 1791. Esta funcionó hasta 1799, fecha en que se erigió la del barrio del Retiro. Por lo tanto, podríamos decir que hubo tres períodos en la historia de la tauromaquia rioplatense, fijados por las plazas donde se realizaban los encuentros.

En su trabajo sobre las corridas de toros en el Río de la Plata, José Antonio Pillado (Pillado, 1910, 241) realiza una minuciosa descripción de las corridas y los pormenores que acompañaron a esta diversión desde la época de las lides en la plaza mayor hasta su prohibición acaecida en 1822 durante el gobierno de Martín Rodríguez. También es importante el trabajo de Gilda Guerreros donde trata el apogeo, la decadencia, la supresión y los intentos de reflotar las corridas.

Nuestro objetivo es destacar algunos elementos de cada período que consideramos importantes para comprender la trascendencia de las corridas de toros. Nos proponemos ver, primero, cómo este espectáculo servía para reforzar la idea del orden social estamental, verificando además que el precio de las entradas era rigurosa y jerárquicamente pautado. Segundo, analizaremos el estado colonial intervencionista en su doble función contradictoria, por un lado, veremos al estado que otorga licencias para la explotación de la diversión, beneficiando al arrendatario con una disminución impositiva o directamente participando de los ingresos para realizar obras públicas (empedrado de calles, casa de niños expósitos, etc.) o para pagar sueldos y pensiones militares atrasadas si nos ubicamos en el período independiente; por el otro, el estado como ordenador de la sociedad, que quiere evitar los desórdenes y “adecentar” las costumbres.

Ya hemos visto que en la primera etapa el círculo o plaza de toros se improvisaba en la Plaza Mayor, flanqueada por el Cabildo y la iglesia catedral. En aquella época la plaza más importante de la ciudad se parecía mucho a un terreno baldío lleno de malezas. El día elegido para la corrida de toros, los vecinos más hábiles se encargaban, primero de limpiar el terreno y luego de armar con maderas los bailados, “trayendo cada cual a cuestas las tablas de sus asientos” (9). Con el tiempo, el Cabildo contrató a “andamieros” que pronto se transformaron en expertos constructores de las graderías que la institución colonial alquilaba al público en general. El precio era de cinco reales la vara y muchos aficionados alquilaban siempre el mismo espacio.

Los balcones del Cabildo ofrecían un excelente y cómodo lugar para las autoridades civiles – virrey, oidores, regidores, alcaldes y miembros de las capas altas – y religiosas del virreinato. Era un sitio ideal para ver y ser “vistos”. La tropa encargada de mantener el orden tenía asientos fijos reservados. Los palcos que se construían con maderas, desmontándoselos al finalizar la lidia, no eran todos iguales, ya que existía entre ellos una graduación. Tan importante era el lugar que ocupaba cada uno que en 1794 el Cabildo de la ciudad de Montevideo consultaba a su par de Buenos Aires “si en el palco de la plaza de toros se sienta otra persona que los capitulares o el oficial que está de guardia ” y si “los ayudante de la plaza tienen costumbre o la práctica de tomar asiento en el palco” (10). En otro acuerdo, pero del ario 1796, el Cabildo resolvía que “no deben faltar los alcaldes a las corridas de toros””, contando éstos con un lugar fijo para presenciar el espectáculo.

Aún vez que las autoridades estaban ubicadas, entraban los toreros a caballo, que por lo general eran personas distinguidas, luciendo para la oportunidad el mayor lujo en los vestidos y arneses. Se presentaban al gobernador, alcalde primero o con más frecuencia al alguacil mayor de la ciudad. Después de entregar la llave del toril –corral  cuadrado de 60 varas edificado al lado del Cabildo- se lanzaban a la plaza los capeadores y chulos y se daba salida a uno o más toros según los casos.

 Los problemas por los lugares en el palco que reflejaban el prestigio social de la persona que lo ocupaba se multiplicaron en la segunda mitad del siglo XVIII. Como lo asegura Viqueira Albán las reformas borbónicas que crearon nuevos puestos dentro del gobierno virreinal con el objetivo de fortalecer el Estado, perjudicaron a la corridas ya que era imposible dotar de lumbreras (lugares con sombra) a todos los funcionarios. Era lógico, el balcón del Cabildo no podía resistir el peso de tanta burocracia virreinal. Hay mucha documentación sobre el pedido de las corporaciones para que le asignasen lumbrera o se la cambiasen por una ubicación de mayor jerarquía. El caso más ilustrativo es el que describe Pillado cuando la Real Audiencia dispuso que en el balcón, al lado del virrey y la virreina los cabildantes y miembros de la Audiencia, debía ocupar un lugar las familias del señor Regente y las de los oidores. Detrás de esta supuesta “cuestión de faldas” se escondía el enfrentamiento entre el Cabildo y la Audiencia. Este fue, quizás, el motivo más importante por el cual los cabildantes se convencieron de construir la primera plaza firme, que tendría la capacidad suficiente para albergar a todos.

En setiembre de 1790, el virrey Arredondo, cuya jura había desencadenado el famoso enfrentamiento entre el regente de la Real Audiencia, don Benito de la Mata Linares y los oidores, autorizó la construcción de una plaza firme en el “hueco” de Monserrat, aceptando la propuesta del carpintero Raymundo Mariño. Otro de los motivos que favorecía la construcción de la plaza era la necesidad del

Cabildo de recaudar fondos para el empedrado de las calles, misión encomendada a don Miguel de Azcuénaga.

 Mariño proponía levantar el circo a sus expensas “arrendándolo al ramo o cediéndolo por cinco año a condición de que se le pagarían cincuenta pesos por cada corrida que se realizara, debiendo tener lugar veintisiete de ellas, por lo menos, cada año. Cumplidas las primeras ochenta corridas el ramo del empedrado se quedarían con el circo a justa tasación; pero si entonces no le conviniera hacerlo, no podría venderse hasta cumplido el término del convenio” (12).

 La plaza era rectangular con un diámetro de 55 a 66 varas y una capacidad para 2000 espectadores. El toril se levantó en el arco de la calleja del Pecado. Los palcos oficiales quedaron a la derecha del toril y los de alquiler a la izquierda, los demás eran andamios. En el único lugar donde había techo era sobre los palcos. El circo comenzó a funcionar a principios de 1791, pero, en los primeros meses se presentaron dificultades con los arrendatarios de los balcones y gradas debiendo suspender las funciones durante la cuaresma.

En este tiempo se presentaron otras propuestas para el arrendamiento de la plaza. Una de ellas fue la de José Casi miro de la Guerra para arrendar el circo por setecientos pesos anuales a beneficio del empedrado (13). A lo largo del juicio hubo distintos oferentes como Tadeo Arce (14) y Marcos Barrientos, pero ellos no lograron cumplir con los requisitos legales que exigen las leyes. La plaza fue finalmente entregada en explotación a don Juan Francisco del Prado y Revuelta. En este expediente también se fijó el precio de las entradas determinando que se paguen “dos reales por los primeros palcos, un real y medio por los segundos, un real por los palcos de atrás y las gradas y los primeros palcos de arriba donde se podían instalara sillones a dos reales” (15).

Don Francisco del Prado y Revuelta administraron la plaza de toros de Monserrat desde el 26 de agosto de 1793 hasta el 21 de octubre de 1799. Al día siguiente el virrey Avilés firmaba la orden para su demolición. Durante ese período de ocho años se celebraron 114 corridas, produciendo siete mil doscientos noventa y seis pesos para el empedrado y cinco mil setecientos pesos para el contratista. Pero, al mismo tiempo, que se demolía una se autorizaba la construcción de una nueva plaza de toros.

 El capitán de navío Martín Boneo fue quien construyó el nuevo circo. Se la designaría con el nombre de El Retiro. Era de forma octogonal, de estilo morisco, construida con muros de ladrillo, cubiertos de revoque a la cal. Según José Antonio Wilde, quien reproduce las descripciones de Robertson, en la “plaza podían acomodarse mas de 10.000 personas. Tenía palcos de madera en alto y gradas en la parte baja, para toda clase de gente; la entrada costaba quince centavos” (16). El circo tenía además burladeros, guardabarreras y hasta una capilla para los lidiadores. Francisco Cañete trazó los planos y luego desempeñó el puesto de Director general de la obra y de maestro carpintero y albañil (17). La nueva plaza fue inaugurada con motivo del cumpleaños del Príncipe de Asturias, el 14 de octubre de 1801, y el dinero invertido en su construcción ascendió a unos cuarenta y dos mil quinientos ochenta y siete pesos. Se levantó con gran rapidez, prueba de la abundancia de recursos con que contaba Buenos Aires a fines del siglo XVIII (18).

Pillado asegura que hasta 1810, año en que la afición a los toros comenzó a decaer, nunca asistieron menos de 1000 personas cada día, “las familias distinguidas no asistían a las corridas de toros por interesarse en los lances de la lidia, sino por cumplir con las condiciones de forma y etiqueta que traían aparejadas las fiestas oficiales, desde que las señoras de los dignatarios debían hacer acto de presencia donde concurría la virreina, por razón de su rango” (19).

La plaza del Retiro no sirvió solamente para las lides de toros, ya que durante las invasiones inglesas -que se pelearon en sus inmediaciones- la edificación sirvió de refugio a muchos vecinos.

 En 1805, por Real Cédula se prohibió “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y novillos de (sic) muerte”(20). Los Borbones – muy ilustrados ellos – desde Felipe V en adelante se opusieron a esta diversión. Pero, hasta 1805, no lo habían abolido del todo, debido a que con ella la Real Hacienda podía recaudar fondos para obras públicas.

 Después de 1810, el virreinato del Río de la Plata, la lidia de toros que nunca llegó a ser una pasión fervorosa, comenzó a decaer como consecuencia de la reacción antiespañola.

 En 1818, el Cabildo fijó las últimas corridas en la plaza de toros del Retiro. Bajo el gobierno de Rondeau -nos informa nuevamente Wilde- fue suprimido este entretenimiento, y por decreto del 4 de enero de 1822, firmado por Martín Rodríguez se prohibieron las corridas de toros en la provincia de Buenos Aires. La plaza fue demolida y con el material se construyeron los cuarteles del Retiro (21).

A lo largo de la historia de la tauromaquia rioplatense advertimos la presencia permanente del estado colonial, otorgando licencias para la explotación de la diversión o participando directamente de los ingresos para realizar obras públicas.

 El cabildo otorgaba licencia para el establecimiento de pulperías en las proximidades de la plaza Mayor los días de lides como lo hizo en 1754. En acuerdo del 25 de noviembre se autorizaba a trabajar a las pulperías que ya estaba instaladas, cobrándoseles a cada una por el terreno que ocupaban, “pero el año venidero nadie podrá montar una pulpería sin que se le señale terreno y lo paguen”(22), aclaraban los cabildantes. También el Cabildo autorizaba la venta de dulces y pasteles, para lo cual cobraba un impuesto convencional  (23)

Cuando se construyó la plaza de toros de Monserrat, los vecinos pensaron que la diversión traería otras ventajas para el barrio: “con esta idea los propietarios esperaban ver establecidos en sus casas y cuatros de alquiler, pulperías, billares, trucos u otros negocios similares, acreciendo su renta” (24). Pero, como las corridas oficiales, que eran las que llevaban más gente, se siguieron realizando en la Plaza Mayor, quedando la de Monserrat reducida a las corridas de novillos, el barrio siguió albergando a “vagos y malentretenidos” desprestigiando el lugar. Este fue uno de los motivos por los cuales los vecinos pidieron ante las autoridades la demolición de la plaza, cuya armazón de madera crujía durante las noches ventosas infundiendo miedo.

Las corridas que se realizaron en la Plaza Mayor eran, en general, para beneficiar alguna institución o para cumplir con obras públicas. Por ejemplo: en 1764, se obtuvo en una corrida trescientos cuarenta y un pesos usados para la colocación del reloj del Cabildo (25). En 1780, el virrey Vértiz autorizó corridas a beneficio de los niños expósitos. Inteligente jugada del representante real ante las observaciones del obispo Sebastián Malvar y Pinto sobre las lides que distraían “al pueblo de sus deberes religiosos”(26). En este enfrentamiento se pone en evidencia, además, la disputa que mantenían Estado e Iglesia sobre el control moral de la sociedad.

Ya expusimos que uno de los motivos por los cuales se construyó la primera plaza de toros firme fue el de obtener una renta suficiente como para empedrar las calles de la ciudad. En esta época, el estado colonial advierte que esta diversión puede engrosar sus arruinadas rentas, observando y haciendo observar que el dinero vuelve a la ciudad en obras públicas.

 Después de 1810, el estado tuvo otro objetivo, por ejemplo en 1812, el Cabildo admitió corridas a beneficio de las fábricas de fusiles (27), y en 1818, solicitó autorización al gobierno para que continúen las lides por su cuenta, “con el objeto de que su producto se invierta en acallar en parte los clamores de los oficiales veteranos de la brigada cívica,  viudas e inválidos que están sin pagarse por la escasez de numerario en los fondos públicos”(28).

Por último, describiremos brevemente la índole social de la gente que concurría a las corridas. Wilde nos cuenta que el día que había corridas de toros, era un día de excitación y movimiento en toda la ciudad; “la afición era extremada y la concurrencia inmensa: en la calle Florida las señoras en las ventanas y las sirvientas en las puertas, se apiñaban para ver pasar la oleada que iba y venía” (29). Esta descripción del Buenos Aires de principios de siglo coincide con una observación que efectúa el gobierno en relación a los problemas callejeros suscitados los días de carnaval en que se molesta “a las gentes cuerdas y recatadas que asiste a las corridas de toros”. Se ordena que ninguna persona, sea de la clase que fuere arroje “agua, guebos, arina , ni otra cosa alguna dentro ni fuera de dicha plaza”(30).

 Cuando las corridas se improvisaban en la plaza Mayor, muchos aficionados arrendaban siempre el mismo espacio “como doña Catalina Sorarte, por ejemplo, y subarrendatarios como el dueño del café de los Trucos, que daba nombre a la cuadra, y suscribía constantemente 8 varas” (31).

Mientras que, en Buenos Aires, las corridas se realizaban en la plaza del Retiro, en otras ciudades, como Jujuy, se mantenía la costumbre de lidiar toros atados a una larga cuerda cuyo extremo se aseguraba a una estaca. En 1803 hubo un debate sobre los perjuicios que se ocasionaban al correr toros a soga por las calles durante los días que duraba el carnaval. El problema, en realidad, giraba en torno de si ésta era o no “una costumbre noble que hay que mantener”(32).

Pero hacia 1810, la situación cambia y sólo el “pueblo bajo” sigue disfrutando de las lidias que ya no conservan el lujo de antes.

 Mucho tiempo después, en 1873, con la sanción de la ley 2786, de protección de los animales, gestionada por la Sociedad Protectora de Animales y apoyada por Sarmiento, se prohibieron las riñas de gallos y las corridas de toros. Pero, en realidad, se atacaba veladamente lo que simbolizaban las lides de toros, ya que seguían siendo la fiesta del orden social estamental, y formaba parte de ese pasado en la historia del país que tanto los perturbaba. Nada más contundente que las propias palabras de Bartolomé Mitre al juez federal de Rosario, lugar donde, en 1883 todavía se hacían corridas. En esta oportunidad, Mitre, declaraba que “las corridas de toros, condenadas por la civilización, fueron abolidas por la revolución argentina, como la inquisición, el tormento y otra costumbres abusivas. Durante el Directorio de Pueyrredón y con el aplauso del  Congreso de Tucumán que declaró la independencia, fue derruida la Plaza de Toros de Buenos Aires, como monumento de oprobio….”(33).

 Mucho tiempo antes de esta ley, la corrida de toros ya había dejado de ser la más importante de las fiestas de la ciudad de Buenos Aires. Al desmoronarse el orden estamental que reinó en las colonias perdió el lujo y la gloria de entonces.

Citas y notas (*):

(I) Mayo, Carlos A., Juego Sociedad y Estado en Buenos Aires 1730-1830, Editorial de la U.N.L.P., Argentina, pag.164.

(1)  Viqueira Albán, Juan Pedro, Reprimidos o relajados?, Diversiones públicas y vida social en la Ciudad de México durante el siglo de las luces, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p.33.

(2) En la fecha de la primera corrida en Nueva España coinciden Viqueira Albán y Torre Revello, ambos encontraron este dato en el libro de Nicolás Rangel, Historia del Toreo en México, México, 1934. Otros investigadores como Gilda Guerrero afirma que la primera corrida de toros se llevó a Cabo el 24 de junio de 1526, sin aclarar la fuente que le brindó la información.

(3) Furlon Cardiff, Guillermo S.J., Historia Social y Cultural del Rio de la Plata, Buenos Aires, 1969, p.425.

(4) Troconis, Emilia, Caracas, Madrid, Ediciones Mapfre, 1992, p.103.

(5) Doering, Gunther Jean y Lohmann Villena, Guillermo, Lima, Madrid, Ediciones Mapfre, 1992, p.124.

(6) De Ramón, Armando, Santiago de Chile, Madrid, Ediciones Mapfre, 1992, p.124.

(7) Le Riverend  Brusone, Julio, La Habana, Madrid, Ediciones Mapfre, 1992, p.113.

(8) Guerrero, Gilda, “Toros en Buenos Aires”, en: Todo es Historia, Número 26, año 1969.

(9) Pillado, Antonio, Buenos Aires, Edificios y costumbre, Buenos Aires, 1910, p.244.

(10) Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, Serie III, Tomo X, Libros LII, LIII y LIV, años 1792 a 1795.

(11) Acuerdos… Serie III, Tomo XI, Libros LIV a LVII, años 1796 a 1800.

(12) Pillado, op.cit., p.287.

(13) A.G.N. Sala IX 30-4-7 (Leg. 31, exp. 20) Interior. El expediente se inicia el 23 de abril de 1791 y finaliza el 17 de diciembre de 1792. El mismo hace referencia a las cláusulas y condiciones para la explotación de la plaza de Monserrat. Consta de 163 fojas. Su extensión se debe al cumplimiento de los distintos y minuciosos pasos burocráticos.

(14) En el 1800 un tal Tadeo Arce se presentó ante las las utoridades del Cabildo de la ciudad de Córdoba solicitando autorización para la construcción de un reñidero. ¿Habrá sido el mismo Arce? Quien solicita que las corridas sean los días domingos, pues los lunes al ser un día de trabajo la asistencia del público va a menguar y no va a tener suficiente recaudación para cumplir con sus obligaciones contractuales (foja 14).

(15) A.G.N., Sala IX 30-4-7- (Leg. 31, exp.20) Interior, foja 65.

(16) Wilde, José Antonio, Buenos Aires desde setenta años atrás, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación.

(17) A.G.N. Sección de gobierno, Cabildo de Buenos Aires, Propios, 1800:1802, IX 22-2-2; por su trabajo cobró 2 pesos y una gratificación final de tres mil pesos.

(18) Mariluz Urquijo, José, El virreinato del Río de la Plata en la época del Marqués de Avilés (1779:1801), Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1964, p.376.

(19) Pillado, op.cit., p.316.

(20) Viquira Albán, op.cit., p.46.

(21) Wilde, op.cit., p. 94.

(22) A.G.N., Acuerdos… Serie III, Tomo I-Libros XXVIII, XIX, XXX, años 1751 a 1755.

(23) Pillado, op.cit., p.258.

(24) ibídem, p.302.

(25) Pillado, op.cit., p.255.

(26) Guerrero, op.cit., s/p.

(27) A.G.N. Acuerdos del Extinguido…. Serie IV, Tomo V, Libros LXVII y LXIX, años 1812 y 1813.

(28) A.G.N. Acuerdos del Extenguido… Serie IV, Tomo VIII- Libros LXXIX y LXXXIII, años 1818 y 1819.

(29) Wilde, op.cit., p.94.

(30) A.G.N., Bandos, Sala 9, Libro 5, folios 18:19.

(31) Pillado, op. Cit., p.258.

(32) A.G.N. División colonia. Sección Gobierno. Tribunales, 9-38-6-5. Leg. 210, exp. 11, febrero 1803. Jujuy.

(33) Guerrero, op.cit., s/p.

Edición: Maximiliano Van Hauvart, Estudiante UNMdP.

Revisión y corrección: Carlos Van Hauvart, Grupo Sociedad y Estado, Cehís, FH, Depto. Historia, UnMdP.

(*) Se ha corregido y completado el estilo de cita elegido por el autor para la edición de galera .

 

 

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

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