Relato del General Gregorio Aráoz de Lamadrid sobre el fusilamiento de Dorrego

Relato del General  Gregorio Aráoz de Lamadrid sobre el fusilamiento de Dorrego:

Antes de llegar preso a Navarro, dicho gobernador, habiame dirigido una esquela escrita con lápiz, me parece que por conducto de su hermano Luis, suplicándome que así que llegara al campamento le hiciera la gracia de solicitar permiso para hablarle antes que nadie. Yo sin embargo del desagradable recibimiento que dicho gobernador me había hecho a mi llegada de las provincias, no pude dejar de compadecerme por su suerte y el modo como había sido tomado: pues aunque tenía sus rasgos de locura y era de un carácter atropellado y anárquico, no podía olvidar que era un jefe valiente, que había prestado servicios importantes en Ia guerra de nuestra independencia; y en fin, que era mi compadre, además.

En el momento de recibir dicha carta o papel, fui y se la presente al general Juan Lavalle a solicitar su permiso para hablar con el señor Dorrego así que llegara. Dicho general, impuesto de ella, me permite verle así que llegara y lo hice en efecto, al momento mismo de haber parado el birlocho en medio del campamento y puéstosele una guardia. Subido yo al birlocho y habiéndome abrazado, dijome: “Compadre, quiero que usted me sirva de empeño esta vez para con el general Lavalle, a fin de que me permita un momento de entrevista con el! Prometo a usted que todo quedara arreglado pacíficamente y se evitara la efusión de sangre, de lo contrario, correrá alguna! iNo lo dude usted!”. “Compadre, con el mayor gusto voy a servir a usted en este momento”, le dije, y me baje asegurándole que no dudaba, lo conseguiría. Corrí a ver al general, hicele presente el empeño justo de Dorrego, y me interese para que se lo concediera; mas viendo yo que se negó abiertamente, le dije: “Que pierde el señor general con oírlo un momento, cuando de ello depende, quizá, el pronto sosiego y Ia paz de la provincia con los demás pueblos?”. “iNo quiero verle, ni oirlo un momento!”

Aseguro a mis lectores, que sentí sobre mi corazón en aquel momento, el no haber-me encontrado fuera cuando Ia revolución. Y mucho más, el verme en aquel momento al servicio de un hombre tan vane y poco considerado. Salí desagradado, y volvi sin demora con esta funesta noticia a mi sobresaltado compadre.

Al dársela se sobresaltó aún más, pero lleno de entereza me dijo: “iCompadre no sabe Lavalle a lo que se expone con no oirme! Asegúrele usted que estoy pronto a salir del país; a escribir a mis amigos de las provincias que no tomen parte alguna por mí, y dar por garantía de mi conducta y de no volver al país, al ministro inglés y al señor Forbes, norteamericano: que no trepide en dar este paso por el país mismo”.

 Aseguro que me conmovieron tan justas reflexiones, pero le repuse: “iCompadre, conozco la fuerza y la sinceridad de las razones que usted da, pero por lo que he visto en este mismo momento, dificulto que el general se preste, porque le acabo de considerar el hombre más terco, sin embargo voy a repetirle sus instancias; pero pido a usted que se tranquilice, pues no creo deba temer por su vida!”. “Haga lo que quiera!”, fue su respuesta. “Nada temo, sino las desgracias que sobrevendrían al país.”

 Bájeme conmovido, y pase con repugnancia a ver al general. Apenas me vio entrar, dijome: “Ya se le ha pasado la orden para que se disponga a morir, pues dentro de dos horas será fusilado; no me venga usted con muchas peticiones de su parte”. i Me quede frio! “General, le dije, porque no le oye un momento, aunque lo fusile después?” “iNo lo quiero!”, dijome, y me salí en extremo desagradado y, sin ánimo de volver a verme con mi buen compadre, me retire a mi campo; pero en el momento se me presenta un soldado a llamarme de parte de Dorrego, pidiéndome que fuera en el momento.

 No había remedio, era preciso complacerlo en sus últimos momentos. Estaba yo conmovido, y marche al instante. Al momento de subir al birlocho se pare con entereza y me dijo: “Compadre, se me acaba de dar la orden de prepararme a morir dentro de dos horas. A un desertor al frente del enemigo, a un bandido, se le da más término y no se le condena sin oirle y sin permitirle su defensa. iDonde estamos?, Quien ha dado esa facultad a un general sublevado? Proporcióneme usted, compadre, papel y tintero, y hágase de mi lo que se quiera. iPero cuidado con las consecuencias¡”

 Salí corriendo y volví al instante con lo preciso para que escribiera. Tomólo y puso a su señora la carta que ha sido ya litografiada y es del conocimiento del pueblo; y al entregármela se quitó una chaqueta bordada con trencilla y muletillas de seda y me la entregó diciendo: “‘Este chaqueta se la presentara con la carta a mi Ángela, de mi parte para que la conserve en memoria de su desgraciado esposo!”; desprendiendo enseguida unos suspensores bordados de seda, y sacándose un anillo de oro de la mano, me los entregó con Ia misma recomendación previniéndome que los suspensores se los diera a su hija mayor pues eran bordados por ella, y el anillo a la menor, pero no recuerdo sus nombres. Habiéndome entregado todo eso agrego tiene usted, compadre, una chaqueta para morir con ella?” Traspasado yo de oírle expresar con la mayor entereza cuanto he relatado, le dije: “Compadre, no tengo otra chaqueta que la puesta, pero voy a traerla corriendo”, y me bajó llevando la carta y las referidas prendas.

 Llegado a mi alojamiento me quite la chaqueta, púseme la casaca que tenía guardada, acomode los presentes de mi compadre y su carta en mi valija, y volví al carro. Estaba ya con el cura o no recuerdo que eclesiástico, y al entregarle mi chaqueta dentro del carro me reconvino porque no me había puesto la suya, y habiéndole yo respondido que tenía esa casaca guardada, me hizo las más fuertes instancias para que fuese a ponerme su chaqueta y regresara con ella; me fue precise obedecer y regrese al instante vestido con ella y después de haberle dado un rato de tiempo para que se reconciliara, subí al carro a su llamado.

Fue entonces que me pidió le hiciera el gusto de acompañarle cuando lo sacaran al patíbulo. Me quede cortado a esta insinuación, y hube de vacilar, contéstele todo conmovido denegándome pues no tenía corazón para acompañarle en ese lance. “!Porque, compadre?, me dijo con entereza. Tiene usted a menos el salir conmigo? ¡Hágame este favor, que quiero darle un abrazo al morir!”

“No, compadre, le dije, con voz ahogada por el sentimiento; de ninguna manera tendría yo a menos el salir con usted. Pero el valor me falta y no tengo corazón para verle en ese trance. Abracémonos aquí y Dios le de resignación!” Nos abrazamos, y baje corriendo con los ojos anegados por las lágrimas. Marche derecho a mi alojamiento, dejando ya el cuadro formado. Nada vi de lo que pasó después, ni podía aun creer lo que había visto. ¡La descarga me estremeció, y maldije la hora en que me había prestado a salir de Buenos Aires! (1)

Cita:

(1) Aráoz de Lamadrid, Gregorio, Memorias del General Gregorio Aráoz de Lamadrid, Buenos Aires, Editorial Kraft, 1895, Vol II, pp.389:392.:

 

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart
Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

También te podría gustar...