De Vries, Jan, La revolución industriosa, consumo y economía doméstica desde 1650 hasta el presente, Crítica, Libros de Historia, Barcelona, pag. 519.
ISBN 978-84-7423-969-0
Comentario de Contratapa:
Superadas las interpretaciones que atribuían la revolución industrial a la aparición de las máquinas o a la formación de capitales, los historiadores comenzaron a advertir que el factor más importante estaba en el interior de las propias sociedades, en el aumento del consumo de la mayor parte de la población, incluyendo las capas populares. Jan de Vries, profesor de la Universidad de California, ha llevado más allá el análisis de la llamada «revolución del consumo» para mostrarnos cómo este fenómeno condujo a un aumento del trabajo realizado para el mercado, fuera del hogar, y a una mayor autoexplotación de los miembros de la familia. En este libro, del que John Brewer ha dicho que es «provocador y fascinante», Jan de Vries lleva su análisis hasta el presente, para analizar una segunda «revolución industriosa», la de nuestros propios días, que ha visto un aumento del consumismo que no guarda necesariamente proporción con el del bienestar y que ha sido, finalmente, una de las causas determinantes de la crisis económica que vivimos.
Fragmento del Capítulo 1 «La transformación delos deseos del consumidor en el largo siglo XVIII»
La interpretación que durante más tiempo ha gozado del favor de la mayoría de los historiadores depende de una distinción radical entre necesidades verdaderas y falsas y hace hincapié en fuerzas podemos (las necesidades de los productores capitalistas, la influencia daba aires que dictan las modas, las directrices del Estado) que impiden a los individuos reconocer la diferencia entre unas y otras. La implosión de la visión del mundo en la que se cimentaba esta interpretación social del consumo ha dejado un vacío que en años recientes ha venido a llenar una interpretación cultural del consumo. Aunque es cierto que muchos estudiosos continúan abrazando con firmeza las formas exánimes de las viejas ideologías, el clima académico imperante en la actualidad tiende a celebrar el triunfo de la voluntad del individuo como arquitecto dé su propia identidad. El consumo se concibe como un fenómeno cultural que goza de una autonomía amplia, si no completa, desligado de fuerzas sociales y económicas restrictivas. Desde esta perspectiva, el consumo no es en primera instancia un acontecimiento económico; en lugar de ello, se piensa que desempeña funciones comunicativas y expresivas: los consumidores juegan con los signos del mercado para «construir un significado propio para cada producto y actividad particulares». En resumen, en el posmodernismo, «la política de la clase, basada en la producción, cede el paso en todos los ámbitos a la política de la identidad cultura, construida alrededor del consumo».
Los economistas, por su parte, siempre están prestos a reconocer la oferta y la demanda (la producción y el consumo) como fuerzas emparentadas en la configuración de las economías de mercado, pero no es habitual que concedan a la demanda un papel causal en el proceso del crecimiento económico. Los estudios sobre el crecimiento económico moderno se fundan, inevitablemente, en el progreso decisivo de la «oferta», que los historiadores económicos han situado de distintas formas en el cambio tecnológico, unas mayores provisiones de capital, energía y materias primas y las nuevas instituciones que permitieron que estos factores de producción se emplearan de forma más eficaz. En estas versiones de la historia el lugar de la toma de decisiones corresponde casi siempre a la empresa y el empresario. En todo esto, continúa considerándose válido el que, como señaló Adam Smith, «el consumo es el único fin y propósito de toda producción». Sin embargo, en la fórmula de Smith no cabe duda alguna sobre la dirección de la flecha causal que conecta la oferta y la demanda: es el consumidor el que responde al desarrollo de las fuerzas productivas, no al revés.
Es aquí donde nace mi interés por el comportamiento del consumidor: en el intento de desenredar las relaciones entre la oferta y la demanda. La revolución industrial, con su crecimiento económico impulsado por la tecnología y, por tanto, por la oferta, se ha mantenido durante mucho tiempo como una barrera formidable para cualquier esfuerzo encaminado a investigar el crecimiento económico a partir de cualquier otro factor o en cualquier período anterior. Sin embargo, las pruebas recabadas de que existió un aumento previo de los ingresos per cápita en el noroeste de Europa que estuvo acompañado de un refinamiento importante de la vida material arrojan serias dudas sobre la versión ortodoxa de que la revolución industrial fue el verdadero punto de partida del crecimiento económico a largo plazo. Esto dirigió mi atención de forma creciente hacia una reconsideración del lugar de la demanda de consumo en el desarrollo económico.» (1)
ÍNDICE
Prefacio y agradecimientos 9
La transformación de los deseos del consumidor en el largo siglo XVIII 15
Los orígenes de la revolución industriosa 57
La revolución industriosa: la oferta de trabajo 95
La revolución industriosa: la demanda de consumo 153
El hogar del ganador de pan y el ama de casa 225
¿Una segunda revolución industriosa? 289
Notas 331
Bibliografía 439
Índice analítico 499
Índice de figuras 517
Cita:
(1) De Vries, Jan, La revolución industriosa, consumo y economía doméstica desde 1650 hasta el presente, Crítica, Libros de Historia, Barcelona, pp. 19:20.
Edición: Maximiliano Van Hauvart, Estudiante UNMdP.