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Fuentes para el estudio de la colonización de Nueva Holanda
Las causas de la guerra de Nueva Holanda y su secuela.
introducción y traducción por Francisco Colonna (Departamento de Historia, FH, CEHis, INHUS)
Guerra de Kieft
Entre los años 1638 y 1647, el comerciante William Kieft, elegido por la Compañía de Indias Occidentales holandesa, se convirtió en el nuevo Director de Nueva Holanda. Sucediendo al polémico y problemático Wouter van Twiller, Kieft estuvo a cargo de las colonias neerlandesas en América, cuya administración correspondía desde 1621 a la propia Compañía. Esta llevaría a cabo en dichos territorios un proceso de colonización basado, entre otras cosas, en la figura del patroonship.
Junto a las tensiones existentes entre el proyecto de colonización de la Compañía y los asentamientos previos de comerciantes (especializados en el tráfico y el comercio de pieles con las poblaciones nativas), Nueva Holanda se vio inmersa en una serie de conflictos directamente relacionados con la interacción con los distintos pueblos y tribus circundantes (algonquinos, raritans, entre otros).
En este sentido, la administración de Kieft estuvo marcada por sus propias decisiones y medidas respecto de las propiedades y las tierras que lindaban con los territorios de los nativos, así como su reacción a los hechos que posteriormente tendrían lugar.
La destrucción de cosechas de los nativos por parte del ganado de los colonos fue el puntapié inicial: asesinatos (tanto de ganado como de colonos o nativos), secuestros de mujeres y niños, saqueos, entre otros eventos perpetrados por ambos lados, alimentaron una espiral de violencia en las tierras de Nueva Holanda. La política agresiva de Kieft y la búsqueda de represalias por el accionar de los nativos, más allá de haber sido altamente criticada y desalentada por muchos colonos y patroons, se tradujo en acuerdos con tribus rivales para la destrucción de los “nativos violentos”, expediciones de saqueo y quema de aldeas, y hasta en escaramuzas.
Los enfrentamientos y la violencia tuvieron una escalada exponencial a partir de la masacre de Pavonia, donde alrededor de 120 nativos raritans fueron asesinados por una expedición enviada por Kieft.
A partir de esto, las tribus intensificaron los saqueos de tierras de colonos y en los asentamientos, generando un conflicto armado con los neerlandeses que se generalizaría en 1643. Para hacerle frente, Kieft se vio obligado, entre otras cosas, a recurrir a la ayuda de colonos ingleses, quienes incluso llegaron a solicitarle la hipoteca de la propia colonia como garantía de pago de su ayuda en el conflicto.
La guerra llegaría a su fin en 1645, luego de sangrientas batallas, numerosas muertes y de la destrucción de numerosas aldeas algonquinas.
La desaprobación de gran parte de los colonos y patroons de su política, así como la delicada situación económica que Nueva Holanda estaba transitando, resultaron alicientes para la remoción de Kieft de su cargo al mando de la colonia, en 1647. A partir de allí, lo reemplazaría Peter Stuyvesant como Director de Nueva Holanda.
La fuente a continuación pone en perspectiva la serie de hechos que precedieron al desencadenamiento general de la violencia: desde el conflicto generado por el ganado de los colonos, pasando por la polémica del viejo Claes Smit (que le sirvió a Kieft para justificar las expediciones a tierras de los nativos), hasta el relato de la Masacre de Pavonia.
The Causes of the New Netherland War and the Sequel thereof.
Las causas de la guerra de Nueva Holanda y su secuela.
Ya hemos declarado que la causa de la población asentada en Nueva Holanda era la libertad de comercio con los indios. Ahora demostraremos que también es la causa de su ruina, produciendo dos efectos contrarios, y eso no sin razón como se verá a continuación.
Esta libertad, que en todos los aspectos debería haber sido recibida con la mayor gratitud, y de la que se debería haber hecho uso como un precioso regalo, fue muy pronto pervertida en un gran abuso.
Porque todos los pensaban que había llegado el momento de hacer su fortuna, se alejaron de sus vecinos colonos, como si lo consideraran un sospechoso y enemigo de sus ganancias, y buscaron comunicación con los indios de quienes parecía derivar su beneficio.
Eso creó primero una división de poder de peligrosa consecuencia, en oposición a Su Todopoderoso ‘motto” -produjo en conjunto demasiada familiaridad con los indios que en poco tiempo produjo desprecio, generalmente el padre del odio-, no quedando satisfechos con sólo llevarlos a sus casas de la manera acostumbrada, sino atrayéndoles con una atención extraordinaria, como las de admitirlos a la mesa, ponerles servilletas, presentarles el vino y más cosas de ese tipo, que no recibieron como el hombre de Esop, sino como algo que se debía hacer, de tal manera que no se contentaron con esto sino que empezaron a odiar cuando tales cortesías no eran mostradas.
A esta familiaridad y libertad le sucedió otro mal. Como el ganado solía vagar por los bosques sin un pastor, a menudo se metían en el maíz de los indios que estaba sin vallar en todos sus lados, cometiendo allí grandes daños; esto provocó frecuentes quejas por parte de los indios y finalmente se vengaron del ganado sin perdonar ni siquiera los caballos, que eran valiosos en este país.
Además, muchos de los nuestros tomaron a los indios en servicio, haciendo uso de ellos en sus casas y así, mientras estaban siendo empleados, dejando abiertas ante esos indios todas nuestras circunstancias; y a veces, cansados de su trabajo, escapaban corriendo y robaban mucho más que el monto de sus salarios. Esta libertad causó aún más daño, para los habitantes de Renselaerswyck que eran tantos comerciantes como habitantes, al percibir que los Mohawks estaban ansiosos de armas, que algunos de ellos ya habían recibido a los ingleses, pagando por cada una hasta veinte castores y por una libra de pólvora hasta diez o doce florines, ellos bajaron en mayor número de lo que era su costumbre donde la gente estaba bien provista de armas, comprándolas a un precio justo, obteniendose así grandes beneficios; luego obtuvieron algunas de su [Heer Patroon] para su defensa personal en tiempos de necesidad. Esta extraordinaria ganancia no se mantuvo mucho tiempo en secreto, los comerciantes que venían de Holanda pronto se dieron cuenta de ello, y de vez en cuando traían grandes cantidades de armas, de modo que los Mohawks en poco tiempo fueron provistos con pedernales, pólvora y plomo en proporción.
Cuatrocientos hombres armados supieron utilizar esa ventaja, especialmente contra sus enemigos que habitaban a lo largo del río de Canadá, contra los que ahora han logrado muchas incursiones provechosas donde antes obtenían poca ventaja; esto hace que también sean respetados por los indios de los alrededores incluso hasta la costa del mar, que ahora generalmente deben pagarles tributo, mientras que, por el contrario, antes estaban obligados a pagar tributo. Por este motivo, los indios se esforzaron mucho por conseguir armas, y por la familiaridad que existía entre ellos y nuestra gente, empezaron a solicitar armas y pólvora, pero como esto estaba prohibido bajo pena de muerte y no podía permanecer en secreto como consecuencia de que todos sabían, ahora no podían obtenerlas.
Esto, sumado al anterior desprecio, aumentó en gran medida el odio que les estimulaba a conspirar contra nosotros, comenzando primero por los insultos que en todas partes pronunciaban indiscretamente calificándonos de cobardes, – que podríamos ser algo en el agua, pero de ninguna manera en la tierra, y que no teníamos ni un gran sachem ni jefes. El de Witqueschreek, que vivía al noreste de la isla de Manhatans, perpetró otro acto asesino en la casa de un anciano, un carretero, con quien estaba familiarizado, habiendo estado al servicio de su hijo (Padre jogues habla mas de una vez de los efectos enfermizos de la práctica holandesa de vender armas de fuego a los Indios) siendo bien recibido y provisto de comida, fingiendo un deseo de comprar algo y mientras el viejo tomaba del cofre el paño que el indio quería, éste tomó un hacha y le cortó la cabeza, saqueando aún más la casa, y salió corriendo.
Este ultraje obligó al Director a exigir una satisfacción al sachem, que lo rechazó, diciendo que lamentaba que veinte cristianos no hubieran sido asesinados y que este indio sólo había vengado la muerte de su tío quien, según el alegó, había sido asesinado por los holandeses veintiún años antes.
El Director convocó a todos los colonos para considerar este asunto, todos ellos se presentaron y, en este momento, doce hombres delegados de entre ellos respondieron a las propuestas, y resolvieron de inmediato sobre la guerra en caso que el asesino fuera rechazado; que el ataque se realizara contra [los indios] en el otoño cuando estuvieran cazando; mientras tanto que se hiciera de nuevo un esfuerzo por la bondad para obtener la justicia, que por consiguiente se buscó varias veces pero en vano.
Llegando el momento, se alegaron muchas dificultades y se aplazaron las operaciones hasta el año 1642, cuando se resolvió vengar el ultraje perpetrado. En ese momento los espías buscaron a los indios que yacían en sus casas sin sospechar nada, y 80 hombres fueron enviados allí bajo el mando del Alférez Hendrick van Dyck.
El guía que venía con las tropas en el vecindario de los indios Wigwams perdió su camino como consecuencia de la oscuridad de la noche.
El alférez se impacientó y se volvió sin haber logrado nada. El viaje, sin embargo, no fue inútil, pues los indios que, por el camino recorrido por nuestro pueblo en la marcha, observaron que habían escapado por poco de ser descubiertos, buscaron la paz que se les concedió con la condición de que entregaran al asesino o se hicieran justicia ellos mismos; esto lo prometieron, pero sin ningún resultado.
Algunas semanas después de esto, Miantonimo, sachem principal de Sloops Bay, vino aquí con cien hombres, pasando por todas las aldeas indias solicitándoles una guerra general contra los ingleses y los holandeses, con lo cual algunos de los indios vecinos intentaron incendiar nuestra pólvora y envenenar al Director o incriminarlo por su diablura, ya que su mala voluntad se manifestó después tanto en los hechos como en los informes.
Los de Hackingsack, también llamados Achter Col, habían matado con sus vecinos a un inglés, un sirviente de un tal David Pietersen, y unos días después mataron a tiros de manera igualmente traicionera a un holandés, que estaba sentado en el tejado de una casa en la colonia de Meyndert Meyndertz, que se estableció allí contra el consejo del Director y la voluntad de los indios, y que por los continuos daños que su ganado cometió provocó no poca insatisfacción a los indios, y contribuyó en gran medida a la guerra.
Los colonos comenzaron entonces a alarmarse, y no sin razón, teniendo a los indios diariamente en sus casas. A los asesinos se les demandaba con frecuencia, vivos o muertos, incluso con una promesa de recompensa; siempre devolvían una respuesta burlona riéndose de nosotros.
Finalmente, los colonos muy disgustados con el Director, le reprocharon que se confabulara con los indios, y [declararon] que se intentaba vender la sangre cristiana; sí y que se rendían a la voluntad de todos los colonos hacia el Director, y que en caso de que no vengara la sangre debían hacerlo ellos mismos, fueran las consecuencias que fueran.
El Director aconsejó a Pacham el sachem, que se interesó por este asunto, advirtiéndole que no deberíamos esperar más ya que no se había dado ninguna satisfacción.
Mientras tanto, Dios se vengó de los Witques sin nuestro conocimiento a través de los Mahicanders que habitaban bajo el Fuerte Orange, quienes mataron a diecisiete de ellos, e hicieron prisioneros a muchas mujeres y niños.
El resto huyó a través de la nieve profunda a las casas de los cristianos y alrededor de la isla de Manhatens.
Fueron recibidos de manera muy humana estando medio muertos de frío y de hambre; los mantuvieron durante catorce días, incluso el maíz les fue enviado por el Director. Poco después, otro pánico se apoderó de los indios, lo que les hizo huir a diversos lugares en las cercanías de los holandeses.
Esta oportunidad de vengar la sangre inocente indujo a algunos de los Doce Hombres a representar ante el Director que ya era hora, por lo que recibieron como respuesta que debían poner su petición por escrito que fue hecha por tres en nombre de todos ellos, por una petición para que se les permitiera atacar a los de Hackingsaek en dos divisiones -en la de Manhaten y en la de Pavonia.
Esto se concedió después de una prolongada discusión demasiado larga como para volver a ser explicada aquí, de modo que el diseño se ejecutó esa misma noche; los burgueses mataron a los que se encontraban a una pequeña legua del fuerte, y los soldados a los de Pavonia, en esos dos lugares cerca de ochenta indios fueron asesinados y treinta tomados prisioneros.
A la mañana siguiente, antes del regreso de las tropas, un hombre y una mujer fueron disparados en Pavonia que habían venido por curiosidad a mirar o saquear a los muertos; los soldados habían rescatado a un niño pequeño que la mujer tenía en sus brazos.
Los cristianos que residían en Long Island también solicitaron, mediante una petición, que se les permitiera atacar y matar a los indios de allí; lo cual fue rechazado, ya que éstos, especialmente, no nos habían hecho ningún daño y nos mostraron toda su amistad (sí, incluso habían matado voluntariamente a algunos de los raritanos, nuestros enemigos, antes mencionados).
Sin embargo a pesar de que algunos cristianos intentaron secretamente robar con dos carros el maíz de estos indios, de sus cabañas, que según ellos trataron de evitar, tres indios fueron muertos a tiros, y dos casas que estaban enfrente del fuerte fueron incendiadas inmediatamente.
El Director, sabiendo nada de esto, envió inmediatamente a algunas personas para preguntar el motivo. Los indios mostrándose a lo lejos, gritaban… «¿Sois nuestros amigos? ustedes son unos simples ladrones de maíz» -que se comportan como enemigos.
Esto indujo a uno de los propietarios de las casas quemadas a reprender a un tal Maryn Adriaenzen, que a petición suya había dirigido a los hombres libres en el ataque a los indios, y quien siendo reforzado por una tropa inglesa había emprendido después dos vanas expediciones en campo abierto.
Imaginando que el Director lo había acusado, ya que era uno de los firmantes de la petición, decidió vengarse. Con esta resolución se dirigió a la casa del Director armado con una pistola, cargada y amartillada, y un morral a su lado; entrando desprevenidamente en la habitación del Director, le muestra su pistola, diciendo: «¿Qué diabólica mentira estás contando sobre mi?» pero por la prontitud de uno de los espectadores, se impidió el disparo, y él fue inmediatamente encarcelado.
Poco después, un marino y otro entraron en el fuerte, cada uno con un arma cargada y una pistola. El primero disparó al Director que, habiendo tenido aviso, se retiró hacia su casa, los proyectiles traspasaron la pared junto a la puerta que estaba detrás de él; el centinela disparó inmediatamente sobre el que había descargado su arma y lo derribó.
Poco después algunos de los colonos se reunieron ante el Director, demandando con insistencia le entregaran al prisionero; se les respondió que su petición debía presentarse en orden y por escrito, lo que hicieron unos 25 hombres; en ella pidieron al Director que perdonara al criminal.
Se les explico el asunto para que decidieran concienzudamente al respecto, de tal manera que salieron de inmediato, sin escuchar a las partes ni ver ninguna queja o documento.
Lo condenaron a una multa de quinientos florines y a permanecer tres meses fuera de Manhaten, pero debido a la importancia del asunto y a algunas consideraciones, se resolvió enviar al criminal a Holanda para ser enjuiciado. En esta confusión mezclada con gran terror pasó el invierno; llegó la temporada de trasladar el ganado; esto obligó a muchos a desear la paz. Por otra parte los indios, viendo también que era el momento de plantar maíz, no se mostraron menos solícitos por la paz, por lo que después de alguna negociación, la paz se concluyó en mayo de 1643
Como consecuencia de esta importunidad de algunos es que en general se esperaba que fuera duradero. Los indios se quedaron tranquilos después de esta paz, asociándose diariamente con nuestro pueblo; sí, incluso los grandes jefes vinieron a visitar al Director
Mientras tanto, Pachem, un hombre astuto, recorrió todas las aldeas instando a los indios a una masacre general.
A esto se añadió además que ciertos indios llamados Wappingers, que habitaban dieciséis leguas río arriba, con quienes nunca tuvimos el menor problema, se apoderaron de un bote que venía de Fort Orange en el que solo había dos hombres, y cuatrocientos castores.
Este gran botín estimuló a otros a unirse a ellos, de modo que se apoderaron de dos barcos más, con la intención de revisar también un cuarto barco, del que fueron expulsados con la pérdida de seis indios.
Nueve cristianos, incluyendo dos mujeres, fueron asesinados en esos barcos capturados, una mujer y dos niños permanecieron prisioneros.
Los otros indios fueron igualmente incitados, tan pronto como su maíz estuvo maduro, y a través de una aparente venta de castores mataron a un anciano y a una anciana, dejando a otro hombre con cinco heridas, que sin embargo huyó al fuerte en una barca con un niño pequeño en su brazo, que en el primer ataque había perdido padre y madre, y ahora abuelo y abuela, siendo así dos veces por la bendición misericordiosa de Dios rescatado de las manos de los indios, antes de que tuviera dos años.
Ahora no se escuchó nada más que asesinatos, la mayoría de los cuales se cometieron bajo el pretexto de venir a poner en guardia a los cristianos. Finalmente tomaron el campo y atacaron las granjas de Pavonia.
Había aquí en ese momento dos barcos de guerra y un corsario que salvó considerable ganado y grano. Sin embargo, no fue posible evitar la destrucción de cuatro granjas en Pavonia, que fueron quemadas por los indios, no por fuerza abierta, sino arrastrándose sigilosamente a través de la maleza con fuego en la mano, encendiendo así los techos, que son todos de caña o paja; uno cubierto con un tablón se salvó en ese momento.
Los colonos (comunes) fueron convocados; estaban muy angustiados. Escogieron ocho, en lugar de los doce anteriores, personas para ayudar en la consulta de los mejores; pero la ocupación que cada uno tenía en ese momento era cuidar de los suyos, impedía que se adoptara nada beneficioso en ese momento -sin embargo, se resolvió que deberían enlistarse todos los ingleses que fueran conseguidos en el país, que de hecho ahora se proponían marcharse; la tercera parte de ellos sería pagada por los colonos ; esta promesa fue hecha por los colonos pero no fue seguida por la paga.
Terror aumentando en todo el territorio, los Ocho Hombres reunidos, elaboraron una propuesta por escrito en la que pedían que delegados deberían ser enviados al norte, a nuestros vecinos ingleses, para solicitar una fuerza auxiliar de ciento cincuenta hombres, para cuyo pago se debía dar una letra de cambio de veinticinco mil florines, y que Nueva Holanda se hipotecara durante tanto tiempo a los ingleses como garantía del pago de la misma.
Uno de los más influyentes entre los Ocho Hombres, mediante una carta que reforzada por los precedentes, se había esforzado previamente por persuadir al Director de este rumbo, ya que también habían resuelto unos días antes que las provisiones destinadas a Curaçao deberían ser descargadas de los barcos y la mayor parte de los hombres que permanecían detenidos, y enviar los barcos así vacíos.
El Director aún no lo ha acordado ni lo ha considerado conveniente. [Aquí faltan cuatro páginas. Se envió una expedición compuesta por soldados regulares bajo el mando del sargento: cuarenta burgueses bajo el mando del capitán Jochem Pietersen, treinta y cinco ingleses bajo el mando del teniente Baxter, pero para evitar toda confusión, el consejero La Montagne fue nombrado General.
Llegando a Staten Island, marcharon toda la noche, encontrando las casas vacías y abandonadas por los indios; consiguieron quinientos o seiscientos medidas de maíz, quemando el resto sin lograr nada más.
Mayane, un sachem, que reside a ocho leguas al noreste de nosotros, entre Greenwich (que se encuentra dentro de nuestra jurisdicción) y Stantfort, que es inglés,- un audaz indio que se atrevió sólo a atacar con arco y flechas a tres cristianos armados con pistolas, a uno de los cuales mató- mientras que se enfrentaba al otro, fue asesinado por el tercer cristiano y su cabeza traída aquí.
Entonces se supo y se entendió por primera vez, que él y sus indios nos habían hecho mucho daño, aunque nunca tuvimos ninguna diferencia con él.
Sabiendo además que estaban en sus casas muy tranquilos y sin sospechas a causa de la vecindad de los ingleses, se determinó cazarlos y atacarlos, y se enviaron allí ciento veinte hombres bajo la orden precedente.
La gente desembarcó en Greenwich por la tarde desde tres barcos, marcharon toda la noche pero no pudieron encontrar a los indios, ya sea porque el guía lo hizo a propósito, como se creía, o porque él mismo se había extraviado.
Se hizo una retirada a los barcos para salir lo más secretamente posible. Al pasar por Stantfort se encontraron unos ingleses que se ofrecieron a llevar a los nuestros al lugar donde estaban algunos indios.
En consecuencia, se enviaron cuatro exploradores en diversas direcciones para descubrirlos, quienes a su regreso informaron que los indios se habían percatado de nuestra gente por el saludo que nos hicieron los ingleses, pero sin ninguna certeza, por lo que se ordenó a veinticinco de los hombres más valientes que se dirigieran a la aldea más cercana. Con gran diligencia hicieron el viaje, matando a dieciocho o veinte indios, capturando a un anciano, dos mujeres y algunos niños, para intercambiarlos por los nuestros.
Las otras tropas encontraron las cabañas vacías, y llegaron más allá con los barcos. El viejo indio capturado arriba habiendo prometido llevarnos a Wetquescheck, que consistía en tres fortalezas, sesenta y cinco hombres fueron enviados bajo el mando de Baxter y Pieter Cock, que los encontraron vacíos, aunque treinta indios podrían haberse enfrentado a doscientos soldados ya que los castillos estaban construidos con tablones de cinco pulgadas de grosor, nueve pies de altura, y reforzados con gruesos balones llenos de portillos. Nuestra gente quemó dos, reservando el tercero para la retirada.
Marchando ocho o nueve leguas más allá, no descubrieron nada más que algunas cabañas, que no podían sorprenderse al ser descubiertos. Regresaron habiendo matado sólo a uno o dos indios, tomaron prisioneros a algunas mujeres y niños y quemaron mucho maíz.
Mientras tanto, fuimos aconsejados que Pennewitz, uno de los indios más antiguos y experimentados del país, y que en la primera conspiración había dado el consejo más peligroso-a saber, que deberían esperar y no atacar los holandeses hasta que se hubiera calmado toda sospecha, y luego dividirse entre ellos en partes iguales a través de las casas de los cristianos y matar a todos estos en una noche.- estaba librando una guerra secreta contra nosotros con su tribu, que mató a algunos de los nuestros y prendió fuego a las casas. Por lo tanto, se resolvió enviar allí una tropa de ciento veinte hombres.
Los burgueses bajo su compañía, los ingleses bajo el Sargento Mayor Van cler Hyl (que en pocos días había ofrecido sus servicios y fue aceptado), los soldados veteranos bajo Pieter Cock, todos bajo el mando del Sr. La Montagne, proceden por lo tanto en tres barcos, desembarcan en la Bahía de los Exploradores en Long Island, y marchan hacia Heemstede ‘ (donde hay una colonia inglesa dependiente de nosotros.) Algunos de los nuestros enviados como exploradores mataron diestramente a un indio que estaba fuera como espía.
Nuestra fuerza se dividió en dos divisiones: Van der Hil con catorce ingleses la más pequeña, y ochenta hombres la más grande, llamada Matsepet, ambas con mucho éxito mataron a unos ciento veinte hombres; de los nuestros un hombre pereció en el campo y tres fueron heridos. Al regresar nuestras fuerzas de esta expedición, el Capitán Van der Hil fue enviado a Stantfort, para obtener allí información de los indios.
Él informó que el guía que anteriormente nos había servido, y que se suponía que se había extraviado en la noche, había corrido ahora gran peligro de muerte entre los indios, de los cuales había unos quinientos juntos.
Se ofreció a llevarnos allí, para demostrar que la anterior desventura no fue culpa suya. Ciento treinta hombres fueron enviados bajo la dirección del antedicho Gent Van der Hil y el alférez Hendrick van Dyck.
Se embarcaron en tres barcos, llegando a Greenwich, donde se vieron obligados a pasar la noche a causa de la gran nieve y la tormenta. Por la mañana marcharon hacia el noroeste sobre colinas pedregosas sobre las que algunos deben arrastrarse.
Alrededor de las ocho de la tarde llegaron a una legua de los indios, y como llegaron demasiado temprano y tenían que cruzar dos ríos, uno de doscientos pies de ancho y otro de tres de profundidad, y como los hombres no podían descansar a consecuencia del frio, se determinó permanecer allí hasta alrededor de las diez.
La orden que se dio en cuanto al modo que debía observarse en el ataque a los indios: marcharon hacia las casas, organizadas en tres filas, siguiendo una calle, cada fila de ochenta pasos de largo, en una hondonada baja protegida por las colinas, lo que les proporcionó mucho abrigo del viento del noroeste.
La luna estaba entonces llena y arrojaba una fuerte luz sobre las colinas, de modo que muchos días de invierno no eran más brillantes que entonces. Al llegar allí, los indios estaban muy despiertos y en guardia, así que los nuestros decidieron cargar y rodear las casas, espada en mano. Se desplegaron como soldados y se dividieron en pequeñas bandas, de modo que en poco tiempo conseguimos un muerto y doce heridos.
También estaban tan cercados que era imposible que uno escapara. En un breve espacio de tiempo se contaron ciento ochenta muertos fuera de las casas. Nadie se atrevió a salir, manteniéndose dentro de las casas, disparando flechas a través de los agujeros. El general percibió que no se podía hacer nada más y resolvió con el Sargento Mayor Van der Hil, incendiar las cabañas, por lo que los indios intentaron por todos los medios escapar, pero no tuvieron éxito y volvieron a las llamas prefiriendo morir en el fuego que en nuestras manos.
Lo que fue más maravilloso es que entre esta vasta colección de hombres, mujeres y niños no se oyó a nadie llorar o gritar. Según el informe de los propios indios, el número de los destruidos superó los quinientos.
Algunos dicen que setecientos, entre los cuales había también veinticinco Wappingers, nuestro Dios habiendonos reunido allí el mayor número de nuestros enemigos para celebrar una de sus fiestas, de la cual no escaparon más de ocho hombres en total, y tres de ellos fueron gravemente heridos.
La lucha terminó, se hicieron varias fogatas como consecuencia del gran frío. Los heridos, quince en total, entre los que se encontraba el general, estaban vestidos, y los centinelas que se encontraban apostados en las tropas acampaban allí durante el resto de la noche.
Al día siguiente, la tropa partió muy temprano y en buen estado, para llegar a Stantfort por la noche. Marcharon con gran coraje sobre esa fastidiosa cadena de colinas, Dios proveyó de una fuerza extraordinaria a los heridos, algunos de los cuales estaban gravemente heridos; y llegaron por la tarde a Stantfort después de una marcha de dos días y una noche con poco descanso.
Los ingleses recibieron a nuestro pueblo de manera muy amistosa, dándoles todas las comodidades. En dos días llegaron aquí. Se proclamó una acción de gracias a su llegada. (1)
Cita:
(1) – Jameson, Franklin J., Narratives of New Netherland, 1609-1664. Nueva York, Charles Scribner’s son, 1909, pp.:272:282.
traducción: Francisco Colonna y Carlos Van Hauvart.
Edición
Max Van Hauvart Duart
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