Las revueltas campesinas en Europa en la modernidad.

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Las revueltas campesinas en Europa y el miedo en la modernidad.

Introducción por Carlos Van Hauvart y Diana Duart.

Hoy los lectores de Aportes compartirán con nosotros fragmentos de un texto de Oscar Di Simplicio, Las revueltas campesinas en Europa publicado por Editorial Crítica  en 1989, dirigida por José Manuel Blancua. La colección fue pensada para docentes de primaria y secundaria como también para los alumnos universitarios y como dice en el comentario de contratapa esta serie no pretende ser un manual de uso escolar, sino que trata de huir de los contenidos convencionales fijados por las distintas experiencias estales en sus correspondientes jurisdicciones, y se piensa como una propuesta innovadora en términos pedagógicos. Esta colección fue dividida en una serie de obras básicas denominada Serie “Textos” y otro complementaria  Serie “Instrumentos”.

Dos temas centrales enmarcan ordenadamente esta propuesta, las rebeliones o revueltas y sus actores los campesinos, es desde luego una historia desde abajo. El índice es una demostración de ello, dividido en dos partes, la primera caracteriza al campesinado a finales de la Alta Edad Media y la germinación de la Modernidad, en la segunda detalla las revueltas, en Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia. Si bien el índice es ilustrativo, es incompleto ya que  al recorrer la primera parte (La aldea sitiada) se van desprendiendo temas centrales contenidos en ese apartado, en donde nos explica quiénes son los sitiadores de las aldeas, el beneficio, el estado y el miedo. Sobresale además de la calidad del texto y su función ordenadora en núcleos temáticos relevantes, la cartografía es aún mejor, de fácil lectura y que no constituye una figura meramente ilustrativa sino que guía al lector en este viaje por la geografía de las rebeliones.

Hemos seleccionado la Introducción, que es una agenda y una invitación. Esta contiene preguntas relevantes para hacernos en el aula y nos señala afirmaciones que definen claramente el contexto en los cuales los campesinos debían vivir o sobrevivir.

Nos permitimos además incluir al “miedo”, tema casi inexistente en la historiografía escolar siendo que es un tema central en la agenda académica de los últimos 40 años. ¿Pero como tratar el “miedo” en la sociedad de los siglos XVI al XVIII?  ,  especialmente determinar cuáles eran los miedos o temores que manifestaban los campesinos. Creemos que las ideas que  brinda nos permiten incorporarlo en nuestros contenidos. Por lo tanto,  que ingrese al aula como un tema central  junto a los campesinos y sus revueltas.

 

Este libro describe las resistencias que los campesinos opusieron a la transformación de la sociedad europea entre los años 1500 y 1800. Fueron una negativa, a menudo violenta, a integrarse en una sociedad y en una naturaleza nueva.

En la era preindustrial, los campesinos se reconocían de buen grado en el sitio que les había asignado una sociedad intensamente jerarquizada. Las divisiones de roles y funciones los colocaban en el último peldaño de la escala social. La rígida separación entre los grupos humanos determinaba que el esfuerzo de muchos sostuviera el bienestar de unos pocos. Así se concebía el mundo: siempre, desde tiempos inmemoriales, había habido quien tuviese que «sembrar patatas».

 Sin embargo, la opresión no engendraba una hostilidad sistemática porque el principio que regía las relaciones humanas era un principio de obligaciones mutuas. Por lo menos teóricamente, el señor tenía el deber de proteger a sus súbditos y de vigilar que no se negara el derecho a la asistencia ni siquiera a los más pobres. Por lo demás, los campesinos alimentaban una confianza ingenua en la persona y en la justicia del rey, a quien se suponía siempre dispuesto a corregir las arbitrariedades de cualquier noble, a intervenir contra la codicia de los grandes que aplastaba a los pequeños. Y el mito reforzaba la institución monárquica.

 La vida era difícil; las reglas, severas. La naturaleza, avara, hostil, era todavía impenetrable en sus leyes. En consecuencia, la subalimentación crónica y las epidemias repetidas mantenían una elevada tasa de mortalidad. Estas eran algunas de las causas materiales de una extendida inseguridad psicológica, fuente de miedos imaginarios o concretos. Se desconfiaba de lo nuevo, de todo lo extraño a la restringida experiencia social vivida. Los cultivos diversos se introducían con lentitud secular; un nuevo patrono podía resultar peor que el antiguo, cuya crueldad al menos se conocía por experiencia. En definitiva, las familias se sucedían generación tras generación, sin cambios, siempre en las mismas aldeas.

Pero no sólo se sufría. También había en la campaña una intensa vida comunitaria, asociada al trabajo en el campo y a la religión, que aliviaba las fatigas. Por tanto, se aceptaba el mundo tal como era. ¿También se lo amaba? Esto no lo sabemos. Se ignora qué anidaba en el alma de los campesinos.

 Luego Europa comenzó a cambiar. No, ciertamente, el primer día de enero de 1500, pero en ese siglo empezaron los cambios. Cambiaron los señores, punto de referencia obligado de la vida campesina; cambiaron las reglas «morales» que presidían las relaciones económicas en la sociedad: cambiaron la Iglesia y el Estado. En muchos casos, a los campesinos se les hizo difícil reconocer y justificar un orden jerárquico que sólo los quería obedientes y humillados. «Imaginaos la magnitud del odio y la envidia acumulados en su espíritu», observó Tocqueville. Las rebeliones fueron parte de su respuesta.

¿Cuándo, cómo y dónde se producen las insurrecciones en el campo? Y también la pregunta inversa: ¿por qué no hay insurrección? En determinadas situaciones, el historiador habría de sorprenderse de no encontrar acción alguna de protesta.

 ¿Y por qué la rebelión? En su respuesta a esta última pregunta, las investigaciones han excluido, salvo en casos excepcionales, motivaciones tendientes a la subversión de la jerarquía social. Las insurrecciones rurales, dirigidas contra injusticias locales e inmediatas, procuraban restablecer normas y valores del pasado que habían sido violentados. En la persecución de sus objetivos, los campesinos dieron muestras de flexibilidad y oportunismo en la elección de alianzas. No siempre es posible señalar en las rebeliones un frente de clase: campesinos contra señores. No hay duda de que en muchas reconstrucciones históricas los campesinos no salen precisamente favorecidos, y hasta se les ha llegado a calificar, en las palabras algo irritadas de Marx, de «saco de patatas». Se trata de un grupo humano imprevisible que provoca insultos en los políticos y hace sudar a los historiadores.

 El relato termina con la revolución industrial (inglesa) y la gran revolución de Francia. Después de esos acontecimientos, es imposible seguir estudiando el mundo rural con los mismos criterios. En Inglaterra, el campesino desaparece (incluso del paisaje) para ser sustituido por el jornalero. Es cierto que todavía se libra alguna batalla en la retaguardia, pero ya todo prepara la futura formación de los sindicatos de los años setenta del siglo xix. En el continente, la revolución apresura la caída del Antiguo Régimen. Los campesinos se aproximan a la política y adquieren cada vez mayor interés por cuestiones que trascienden su aldea de origen y revisten importancia nacional. Las rebeliones continúan incluso en el siglo xix, pero gradualmente van insertándose en una realidad mucho más compleja. La «mentalidad», como se ha dicho con acierto, cede paso a la «opinión». (1)

 

El miedo

Considerados en el contexto general de la evolución de la sociedad europea, los avatares de la aldea se hacen inteligibles. Los años que van, aproximadamente, de mediados del siglo XIV a mediados del  XVII fueron, según la interpretación de ciertos historiadores, el período más perturbado de toda la historia europea desde el punto de vista psíquico. Retomando opiniones de otros historiadores, J. Delumeau ha juzgado la cristiandad occidental de esta época como una «ciudad sitiada» por el miedo (J. Delumeau, 1978). La pobreza, el hambre, la peste, que se había vuelto endémica, el fisco y Satanás aterrorizaron a los hombres en oleadas sucesivas.

Hay investigadores que se han preguntado por las relaciones entre las condiciones materiales de existencia y las reacciones violentas de las masas. Algunos han sostenido que el esfuerzo y la subalimentación pueden causar el pánico en los hombres, al igual que en los animales. Resulta difícil demostrar la conexión. Es verdad que tanto en el campo como en las ciudades el cuerpo social presentaba síntomas reveladores de una gran ansiedad. La inestabilidad emotiva de los hombres se acrecentaba.

El cambio económico y religioso creaba desconcierto y un peligroso vacío de creencias en las almas, con la consecuente quiebra de la armonía y la solidaridad en el ambiente rural. Una atmósfera de desconfianza, de envidia o de miedo impregnaba la mente y en ocasiones llegaba a pervertirla hasta llegar a la denuncia.

Es significativa la evolución de la caza de brujas. Del Mediterráneo al norte de Europa, una enorme pira envolvió las aldeas. En ningún momento de la historia los hombres cazaron, investigaron y quemaron tantas brujas como en los años que van de 1550 a 1650. Algunos países fueron relativamente blandos en la represión, como Italia o España (con excepción del Véneto y el País Vasco). Pero en otros países, como Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra, el encarnizamiento en la represión no conoció límites. Recientes estudios han documentado que, en el campo, las acusaciones de brujería partían de abajo, de los propios campesinos.

 Lo que interesa dejar claro es una innegable coincidencia cronológica entre las agitaciones rurales y la caza de brujas. ¿Hemos de considerar casual semejante concurrencia?

  • E. Le Roy Ladurie ha observado un nexo significativo entre el mundo mágico y folklórico del campo y las rebeliones. «Entre el aquelarre y las rebeliones hay, sobre todo, una relación profunda en el plano de las estructuras mentales y de la psicología del inconsciente» (E. Le Roy Ladurie, 1970, p. 267). En las insurrecciones (a menudo) y en la brujería, así como en muchas fiestas, se da efectivamente «el esquema de la subversión: … esa inversión fantástica del mundo real, tan frecuente en la reflexión mítica y en el “pensamiento primitivo”». Invertir el mundo significa impugnarlo, mostrar hostilidad a la organización injusta de la sociedad. Y la persecución de la bruja se puede asimilar a la caza del recaudador real. Ambas son figuras extrañas, peligrosas para la supervivencia de la comunidad. La bruja, con sus encantamientos, no es menor amenaza para las personas y las cosas que las exacciones fiscales del agente real. •

La ansiedad y las reacciones incontroladas tenían su mejor caldo de cultivo en ambientes humanos que aceptaban el mito de una pretérita edad de oro. La idealización de un pasado lejano se compadecía bien con las visiones circulares del transcurso del tiempo, pues el cambio ideal se realizaba en el camino hacia atrás, hacia una perfección perdida. Ambos extremos de la jerarquía social compartían este mito del pasado. Pero si en el gran debate de la segunda mitad del siglo XVII entre «antiguos y modernos» podemos colegir un cambio en la mentalidad de las élites dirigentes, ¿deja ver esa misma mitad del siglo alguna modificación de sentido progresista en la actitud de las masas campesinas? ¿Es posible que los campesinos se hallaran en el tránsito de una interpretación de la realidad en términos sobrenaturales  a una interpretación en términos terrenales? Y en caso de ser así, ¿sucedería esto porque los campesinos se habían vuelto más capaces mentalmente de enfrentar el mundo con las técnicas y los recursos a su disposición?

 El problema, de difícil solución, es el que ya se ha formulado anteriormente, a saber: ¿cuánto, de las grandes oleadas de reinterpretación del mundo que se produjeron entre 1500 y 1800, logró filtrarse hacia abajo?

Desde el punto de vista del comportamiento, con el siglo XVIII  la agresividad y la violencia (y las rebeliones) se reducen (o así parece). El incremento del poder central en los estados conduce a un monopolio del uso de la fuerza por parte de los gobiernos, que únicamente intentan regular los contrastes sociales. En las aldeas las modificaciones parecen asimiladas. Las disparidades económicas siguen siendo agudas, pero los individuos se muestran más capaces de satisfacer el hambre, la peste —y con ella «Satanás»—ha desaparecido y se incrementa la esperanza de vida en el momento del nacimiento. En definitiva, el miedo se esfuma o, por lo menos, se interioriza. Es como una mutación biológica que influye en la sociedad, llevando a una «conexión entre estructura social y estructura de la personalidad» (N. Elias, 1978, p. 201). (2)

Citas y notas:

(1) di Simplicio, Oscar, Las revueltas campesinas en Europa, Editorial Crítica (Serie instrumentos. Enseñanaza/Crítica), Barcelona,  1989, pp.9:10. Sobre obra en título original, Le Rivolte Contadine in Europa, I grandi movimienti che scuotono le campagne nell’epoca moderna

(2) di Simplicio, Oscar, ob.cit., pp.36:37

Carlos Van Hauvart

Carlos Alberto Van Hauvart Es Profesor por la Facultad de Humanidades de la UNMdP, docente regular en la Carrera de Historia de la FH, en las materias de Americana Contemporánea y Didáctica y Practica de la Enseñanza. Miembro del GEL, CeHis, FH, UNMdP. También es Profesor Regular en la materia Historia del Ciclo Básico del Colegio Nacional Dr. Arturo Umberto Illia, Departamento de Ciencias Sociales, UNMdP.

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